A solas con los Reyes ese día

| Casa Real

Llevo sesenta años de periodista. Durante todo este tiempo he sido testigo de más de cincuenta bodas reales, de coronaciones como la surrealista del “Emperador” Bokassa de Centroáfrica, la del rey Constantino de Grecia, la de Carlos Gustavo de Suecia, la de Beatriz de los Países Bajos, la del Sha y Farah. Asimismo, entierros como los de Diana de Gales, Gracia de Mónaco, Balduino de Bélgica, Husein de Jordania y sin olvidar el derrocamiento del hermano de la reina Sofía o la del Sha del Irán y su entierro en El Cairo. Amén de aquella fastuosa cena como las de la mil y una noche, como fue la de Persépolis.

Pero, nada como lo que viví, exactamente hoy lunes hace cuarenta y seis años, aunque a veces pienso que simplemente fue un sueño. Porque ese día, precisamente ese, los príncipes Juan Carlos y Sofía, después de haber soportado, durante trece años, humillaciones, desprecios y carencias, viviendo con 75.000 pesetas al mes para todo, como él mismo me reconoció, en un país donde raro no era el día en el que no había una campaña contra el del propio régimen y, sobre todo, después de la boda de la conspiración de la nietísima Carmen con su primo Alfonso de Borbón, el 22 de noviembre era proclamado Rey de todos los españoles, a las 13,20 del día.

Y la tarde de aquel día, precisamente de ese que hoy se cumplen cuarenta y seis años, los nuevos Reyes pasan la tarde en la soledad de su despacho de La Zarzuela con la sola y exclusiva compañía de este periodista. Sin que en toda la tarde hasta la hora de la cena nadie llamara a esa puerta ni sonara el teléfono una sola vez. Jamás he visto mayor soledad. Viéndoles, pensaba que, más que coronados, habían sido derrocados.

La familia se encontraba con el Conde de Barcelona, el gran perdedor de tal acontecimiento. La derecha monárquica o simplemente derecha, en la cola del Palacio Real para visitar la capilla ardiente de Franco, cuyo. Y la izquierda, lógicamente no la coronación del rey sino… celebrando la muerte del dictador. Solo este periodista les acompañaba en ese día tan grande y tan importante en su vida.

¿Y de qué hablaron?, se preguntará el lector. Simple y sencillamente recordado desde el día en que nos conocimos. Pero, como valgo, ya saben ustedes, más por lo que callo que por lo que cuento, muchas de las cosas de las que hablamos quedarán para siempre en mi recuerdo.

Lo que me sorprendió nada más que entrar en el despacho, ver al recién nombrado Rey, sentado en su mesa, limpiando cámaras fotográficas que tenía desarmadas.

¿Y doña Sofía?, sentada al otro lado de la mesa, abriendo telegramas y llorando. ¿Qué le pasa, Señora?, le pregunté. No han permitido que mi madre esté presente hoy, viendo como yo me convertía en Reina cuando ella ya no lo es.

Así hasta que el mayordomo, tocó a la puerta del despacho para anunciar que la mesa estaba servida.

Cuando abandoné La Zarzuela, que se encontraba sumida en la mayor oscuridad y silencio, pensé que había vivido un sueño.