¿Me compra usted mi libro?

El próximo mes de diciembre y por contrato tengo que entregar en mi editorial Penguin Random House mi libro “Alto y claro”. Sé lo que me espera.

Uno, que es ya un vademecum, también ha pasado por las circunstancias de tenerlo que promocionar. Como tuve que hacerlo con los más de veinte libros que llevo publicados.

Todavía recuerdo con horror cuando tuve que recorrer todos los Cortes Ingleses y todas las Galerias Preciados de entonces, de la mano de los editores y editoras responsables de la edición del libro.

Para mí, que soy un tímido, resultaba de pesadilla sentarme tras un montón de mis “obras completas”, mientras que los altavoces no dejaban de machacar, “como una letanía” que yo estaba firmando ejemplares de mi último libro en el departamento de librería.

Aunque la mayor parte del tiempo se iba en responder a preguntas tales como “¿Me puede usted indicar si esta es la planta de caballeros?”, “¿Sabe usted dónde está el departamento de lencería?”, “¿por dónde están los ascensores?”. ¿Y la de niños? ¿Y el menaje? Y, en el mejor de los casos: ¿Estos libros están en oferta o son de regalo?

De vez en cuando si que se acercaba un comprador o compradora y te rogaba le dedicaras el libro. ¿Cómo se llama? Preguntabas con la mejor y más agradecida de tus sonrisas, “Me llamo Carmen”.

En cierta ocasión, se acercó un lector que conocía varios de mis libros.

“Me gustaría que me dedicara este. Pero ¿qué me va a poner? Los tengo todos y dedicados”.

La mayoría de los autores no somos muy expresivos en las dedicatorias. Y siempre lo mismo. Poco más o menos, como don Juan Carlos y doña Sofia. O Felipe y Letizia, que lo más que escriben, cuando dedican una fotografía, aunque dicen que lo hace una maquinita es “con afecto”.

Mientras el lector esperaba que le dedicara el libro que acababa de comprar, yo con el bolígrafo en suspensión sobre la página de respeto, me decía, ¿Y que coño le pongo yo a este hombre? Al final me decidí por una de las dedicatorias más expresivas de las que disponía. Y después de estampar mi firma, le entregué el libro al tiempo que le observaba con curiosa preocupación. Y lo que temía, sucedió: “¡La misma dedicatoria que la última vez y que todas las veces! ¡Que poca imaginación tiene usted!

Creí que me devolvería el libro. O lo que es peor, me lo tiraría a la cabeza. Como aquella señora que pidió a José Luis de Vilallonga una dedicatoria muy, pero que muy, muy cariñosa. ¿Cómo se llama usted?, le preguntó el famoso autor. “Josefina”, respondió la dama. Y, tras pensar unos segundos, escribió la siguiente dedicatoria que enfureció a la compradora. ¿Que había escrito? “A Josefina, en recuerdo de aquella noche de amor y pasión que vivimos en el parador de Turismo de Granada”. “¡¡¡Yo no he estado nunca con usted en ese Parador!!!! Y le tiró el libro a la cabeza.

Yo, personalmente, prometo dedicarles a ustedes mi libro con todo afecto y simpatía. Una de mis dedicatorias más expresivas.