Farah Diba y los afectados por el volcán

Solo les pido a mis lectores que vean con respeto esta columna y dejen la demagogia para peor ocasión y que, a la hora de leerme, intenten evitar las comparaciones, que siempre son odiosas, en esta ocasión, mucho más y entiendan lo que voy a contar.

Me gustaría leyeran estos pensamientos de Farah todas aquellas personas de La Palma que están sufriendo por verse obligados a llevar sus vidas en una maleta. Como Farah Diba.

Salvando las distancias humanas en todos los aspectos que son muchas, muchísimas, cuando leí que miles de personas de la isla de La Palma se veían obligados a abandonar sus hogares con lo puesto, introduciendo en una maleta, si, exactamente en una maleta, lo que el avance de la lengua de fuego les permitía, dejando atrás toda una vida irrecuperable, no pude de por menos que acordarme de mi amiga Farah Diba, cuando el 16 de enero de 1979, se vio obligada a abandonar, para siempre, en unas horas, su casa, su país, sus joyas y hasta los álbumes de las fotografías familiares, ante el peligro de perder la vida.

En aquellos dramáticos momentos, comenzaba un exilio buscando un lugar no para vivir, sino para que su esposo, aquejado de un gravísimo cáncer linfático, pudiera morir.

En estas terribles circunstancias, da lo mismo tener mucho o poco. Simplemente abandonas lo que tienes para quedarte sin nada. Farah, que tenía todo lo que una mujer podía desear: poder, dinero, joyas, vestidos y casa, se marchó en una hora llevándose su vida en una ... maleta. Como los habitantes de la querida isla de La Palma, exactamente una maleta.

Como María Lorena Brito, una de las víctimas del volcán, de 46 años, que posaba en las páginas de “El Mundo” del domingo, con su única maleta tras perder todo lo que tenía, “no era la casa más lujosa del mundo, pero para nosotros las cuatro casas, los huertos, todas nuestras cosas eran el paraíso, construido con toda una vida de treinta años de trabajo: “Y hoy todo lo que tengo cabe en esta maleta”, le declaró al compañero Gonzalo Suárez.

Me gustaría leyera estas palabras de Farah, a propósito de su tragedia: “Lucho y lucharé para que no me quede amargura en mi vida. Aunque siempre tenga mis recuerdos amargos, aunque mis heridas permanezcan ahí, conmigo, por lo que he perdido, que ha sido todo, hay que olvidar porque si no, sería imposible vivir”.

Y esto lo dice, queridos amigos, quien no solo perdió su país, a su esposo, fallecido meses después, sino también a dos de sus cuatro hijos, Ali Reza y Leila, que se suicidaron.

“Es muy duro, pero la vida es así y hay que aceptar la realidad. Esta realidad es la de muchas personas que se encuentran si no en el mismo caso (imposible tanta tragedia junta), si en circunstancias parecidas, hay que luchar para salir de la depresión y encontrar fuerzas para vivir en la esperanza” - me diría en un encuentro que tuve con ella después de perder a sus hijos y yo a mi hija, el drama más grande que pueden sufrir unos padres y del que difícilmente te recuperas.

“Desde ese día, lloro en silencio la muerte de mis hijos, embrutecida por el sufrimiento y lloro en silencio tanta tragedia, condenada a seguir viviendo, muerta en vida si a esto se le puede llamar vivir. Pero creo que habrá un día en que esto revertirá en algo muy positivo y que nos llegará la paz interior. Lucho y lucharé, repito, para que no me quede amargura en mi vida. Quiero seguir teniendo ilusión en el mundo, en el ser humano y confianza en mis semejantes. Cuando veo objetos que me recuerdan los míos que perdí, me digo a mi misma “No pienses en ellos”. Es muy duro pero la vida es así y hay que aceptar la realidad. Esta realidad es la de muchas personas que se encuentran en el mismo caso o peor. Pero hay que luchar para salir de la depresión y encontrar fuerzas para vivir en la esperanza. No quiero tener, nunca más, cosas materiales que me puedan quitar, que tenga que dejar, que me aten. Solo quiero tener aquello que en mi interior me haga sentir feliz”.