La durísima estancia de Felipe en el internado canadiense

Treinta y siete años después de aquel 5 de septiembre de 1984, se repetía la misma escena y en el mismo escenario: el aeropuerto de Madrid-Barajas.

En aquella ocasión, era el entonces príncipe Felipe quien abandonaba, por primera vez, su familia para ingresar en un internado en Canadá. Hoy, lo ha sido su hija Leonor, heredera como él lo era entonces, quien se despedía de la familia para ingresar en un internado en Gales.

Todavía se ignora que tipo de disciplina se aplicará a la princesa. Seguro estoy nada que ver con la que el príncipe tuvo que sufrir desde el mismísimo día de su entrada en Lakerfield. Ni él ni sus padres, los reyes, sabían de la dureza de este internado canadiense. Como en una cárcel, no solo perdió su nombre desde el mismo momento en que traspasó el umbral del colegio. Felipe seria solo “Flip” y un número, el 8.569. Por supuesto, que tuvo que compartir el dormitorio, no con cuatro alumnas como Leonor, sino con otro compañero. Sin baño ni aseo. Cada mañana, a las 6.45, tenía que correr en pijama o en calzoncillos por los pasillos de su planta para llegar a las duchas comunes.

El régimen era muy exigente, estricto y se aplicaba a rajatabla. Como él padecía la enfermedad del sueño, empezó a tener problemas a la hora de despertarse. Aunque su compañero de habitación hacía las veces de despertador, no conseguía que se despertara y se desesperaba por el persistente sueño tan profundo de Felipe. Había ocasiones en las que la gobernanta del colegio, Chistina Macintosh, tenía que recurrir a la bolsa de hielo sobre la cara del príncipe. Ni aun así, lograban que se espabilara. Y cuando lo hacía, volvía a dormirse en las aulas durante las clases.

De todas formas y como lo dejó bien claro Camilia Jose Cela “no es lo mismo estar dormido que estar durmiendo. Felipe se quedaba dormido hasta de pie, lo que le creó numerosos problemas durante su época en el internado canadiense y numerosos castigos. También en la noche del 23-F, cuando su padre le obligó a permanecer junto a él, en su despacho y se quedó dormido: “¡¡¡Felipe, no te duermas !!!”.

En el internado, se comportó como era: un niño mal criado por mamá, flojo en los estudios, cierta vagancia y falta de interés en general. Lo que le creó muchos problemas y castigos. No lo digo yo sino el general José Antonio Alcina quien fue, durante diez años, incluida la época que pasó en el internado canadiense, responsable de su educación y el único que conoció muy bien las debilidades y miserias humanas del hoy rey de España y que plasmó en su libro “Así se formó el Príncipe Felipe” (La Esfera de los Libros 2004).

Leyéndolo se entiende que Felipe intentara que el libro no se publicara. Dos años estuvo congelada su difusión hasta que su editora, la gran Ymelda Navajo, decidió, contra viento y marea, su publicación en 2004.

Todavía recuerdo la mirada, no precisamente cariñosa, que Felipe le dirigió a Alcina, al pasar junto a él, cuando abandonaba el templo de la Almudena donde acababa de casarse con Letizia.

No olvidemos, como he dicho anteriormente, que hasta su padre el rey Juan Carlos tuvo que gritarle, la noche del 23-F cuando le obligó a permanecer en su despacho : ¡¡¡Felipe, no te duermas!!!