Las memorias de la marquesa viuda y el príncipe

Las noticias de que la viuda del marqués de Griñón, la inefable Esther Doña, y el impresentable príncipe Harry de Inglaterra han anunciado estar escribiendo sus “memorias”, me anima a reflexionar sobre esa proliferación de un género alienante, mal llamado “Memorias”, escritas o dictadas por personas que solo tienen vivencias para unos simples chismorreos que no alcanzan ni el calificativo de testimonios.

Porque calificar de memorias el relato de unas experiencias en la cama de..., en el corazón de… o en la vida de... resultan, cuando menos, gratuitos y pretenciosos.

De hacerlo, como lo han hecho personajes de la política, de las artes, de las ciencias, abordando el trabajo con respeto a sí mismos y hacia los demás. Con temor, con humildad, rigor, sinceridad y pudor. Pero, sobre todo, con el deseo de transmitir sus experiencias justificando su protagonismo ante la historia.

Las memorias tienen una justificación: impedir que se desvanezcan con el tiempo los hechos públicos de los hombres y de las mujeres.

Cuando leo las seudomemorias que se publican ahora, no puedo, por menos, que pensar en Rose Kennedy, la matriarca del clan, cuando decía que “cualquiera que escriba unas memorias o una autobiografía, como amenazan la marquesa viuda y el príncipe rebelde, debe, sin duda, creer o bien que son personas un tanto especial (que lo son), con especial sabiduría (de la que carecen) o especial bagaje de experiencias (que eso si tienen).

Lo único claro que tienen estos personajillos para escribir sus memorias es el dinero rápido, fácil y abundante.

Frente a estos pretenciosos que van a publicar sus obras y vivencias en cuatricromía sin más razón que el dinero, nos encontramos a personalidades como Ingrid Bergman que, en su libro “Mi vida”, justifica, sobradamente el por qué de escribirlo: “Madre - me dijeron un día mis hijos- cuando tú mueras muchas personas se lanzarán a escribir tu biografía, basándose en los datos que proporcionan las revistas del corazón, los rumores y las entrevistas periodísticas. Y nosotros, tus hijos, no podremos defenderte porque ignoramos la verdad. Nos gustaría que escribieras tu vida. Aquello me dio mucho que pensar. Por consiguiente, queridos hijos, Pia, Roberto, Isabella e Isotta, aquí tenéis la verdad”.

También Rose Kennedy lo hizo “para que se conociera la verdad sobre mi familia, cuya vida está plagada, en el mejor de los casos, de inexactitudes e interpretaciones erróneas, malos entendidos y, en el peor, tan solo de historias mendaces, engañosas y totalmente falsas”.

De todas las formas, estimada Esther Doña, la única manera de que no te conozcan, es contando tu vida. No lo digo yo, lo dijo Oscar Wilde.

Ahora bien, si insistes y persistes en escribir tus “memorias”, si no van a ser sinceras y no lo haces como un desahogo puntual e íntimo, como un onanismo de los hechos, inmisericordes, de tu vida, no tienen razón de ver la luz.