La muerte del más importante consorte real

El Reino de la Gran Bretaña acaba de enterrar, con una ceremonia fúnebre digna del mejor director de Hollywood, al más famoso y perfecto consorte de la historia de las monarquías europeas: Felipe de Edimburgo. Lo fue de Isabel, la reina más reina del mundo.

Siempre supo estar en su sitio: a dos pasos de Su Graciosa Majestad, física y simbólicamente hablando. Aunque nunca un buen marido, Felipe fue siempre fiel a la Reina, pero no a su esposa. Como ya he repetido en múltiples ocasiones, la reina dijo en un determinado momento: “A mi marido nunca le he pedido fidelidad sino lealtad”.

A pesar del enorme sombrero que llevaba y la inevitable mascarilla, no lograron esconder el dolor, la soledad y la fragilidad que la muerte del consorte le producía.

Impresionaba ver la pena reflejada en los escasos momentos en que se pudo ver su rostro cabizbajo y esquivo de la viuda real a quien las cámaras quisieron librar de toda sobreexposición y cuya mirada solo fue captada cuando se dirigía, en coche, a la capilla, por vez primera en setenta y tres años tras su marido. Y la primera vez también en 69 años de reinado que estaba sola.

Era la imagen más dramática del desamparo de una viuda ante la muerte de su amado esposo. Decir adiós a alguien con quien se ha estado casada 73 años debe ser algo profundamente doloroso en la vida de cualquier persona. Isabel ha llevado ese momento de angustia con extraordinaria dignidad.

Nada que ver esta muerte con las muertes de los otros dos grandes consortes reales: Henri y Claus. Tampoco del comportamiento de sus respectivas esposas: las reinas Margarita de Dinamarca y Beatriz de los Países Bajos.

Cierto es que los dos fueron dos hombres muy atormentados y desgraciados.

Aunque los dos habían cumplido con “la obligación de depositar el semen en la vagina de la reina” como reconoció Felipe de Edimburgo y dar un heredero que perpetuara las respectivas monarquías, los dos se sintieron desplazados por sus propios hijos y por el protocolo.

Y así, entre esas brumas oscuras del alma atormentada, que llevó primero a Henri a renunciar incluso a ser príncipe consorte, porque él lo que siempre quiso es que la reina Margarita, su esposa, le nombrara rey consorte; y, segundo, a Claus, por haberse casado con la mujer equivocada, a cuya sombra fue enloqueciendo por el trato cruel e inhumano de la reina Beatriz. “No me duele nada, me duele el alma”, dijo poco antes de morir, a lo que su real esposa respondió con estas crueles palabras: “Cada uno debe resignarse a llevar su cruz. No existe una vida que solo conozca alegrías”.

Nada que ver, ninguno de los dos, con el gran consorte desaparecido, ¡tan amado por la reina su esposa!  Y, por lo que se ha podido ver, también por el pueblo. Hasta el extremo de permitir que, en el funeral de despedida, entre las treinta personas, solo treinta, presentes en la capilla del castillo de Windsor, se encontraba Lady Penny, la última “amiga entrañable” de su esposo. ¡Todo un generoso detalle póstumo!

Cierto es que también podía haber invitado a Patricia Klugge, Pat Kirkwood, Helene Cordet o Daphne Du Maurier, algunas de las amantes que tuvo a lo largo de su vida matrimonial y cuyas fotografías ilustraban la crónica de Pilar Vidal en Abc del sábado 10 de abril. Pero, como hemos escrito al principio de esta crónica, Felipe fue fiel a la Reina, pero no a su esposa.  ¿Esto les suena?