Mi Semana Santa

Mi abuelo, que era un ilustre magistrado, nunca quiso abandonar Granada, la ciudad en la que había nacido aunque tuvo un padrino, Natalio Rivas, que podía haberle hecho, incluso, ministro. Pero él prefirió quedarse, como muchos granadinos, en su Granada.

Salir de Granada, se lo digo a ustedes por experiencia, es vivir y es sufrir la nostalgia de sus paisajes, de su aire, de sus calles, de sus fiestas, de sus gentes pero, sobre todo, de su Semana Santa que este año y por culpa de la pandemia sólo podemos revivirla en nuestro recuerdo.

Soy un granadino que ha nacido y vivido, mientras viví en esta Granada, en el corazón del Albaicín, paraíso cerrado para muchos, según el poeta Soto de Rojas. Y nací en un precioso Carmen donde, como en el palacio de las Dueñas de Sevilla y en palabras de Machado “crece el limonero, el altivo ciprés y el encendido granado”. Todo ello perfumado por un embriagador jazmín inmaculado.

Yo no sé cómo habrá sido estos últimos años la Semana Santa de mi Granada. A lo peor, a lo peor, no ha sido como la Granada de Agustín Lara, la Granada soñada por mi.

Desgraciadamente, es una realidad esa frase terrible de mejor no volver adonde se ha sido feliz. Aunque yo corro el riesgo y de vez en cuando vuelvo a la tierra en la que nací. Recorro sus calles, subo a La Alhambra, paseo por la carrera del Darro a lo largo del río, cruzo por el Zacatín, llego a la Catedral para visitar la Capilla Real, donde se encuentran los impresionantes féretros que contienen los restos de los Reyes Católicos, sin poder evitar emocionarme viendo la pequeña corona de la reina Isabel. A la salida, tomo un helado en “Los Italianos”, pruebo la ensaladilla de “López Mezquita”, y no me olvido de comer en Cunini, junto a la plaza de Bib-Rambla. Después de todo ello, reconfortado y como si el paso del tiempo no hubiera transcurrido, regreso a Madrid. Volveré a Granada, volveré.

Reconozco que soy de los que piensan que cualquier tiempo pasado no fue mejor aunque tampoco me gusta la España que vivimos y que puede ser mejorable. Pero aquella de mis recuerdos era tan pobre, había tan poco al alcance de los españoles que un acontecimiento como la Semana Santa no solo llenaba nuestras vidas sino que nos hacía participar por entero en ella.

Sin distinción de clases sociales porque Granada era entonces solamente única. Mis recuerdos estarán siempre impregnados del dulce de calabaza del que nos hablaba aquel gran poeta granadino que fue Carlos Cano, esos dulces de calabaza del convento de las Comendadoras De Santiago.