La muerte de un amigo

Cumplir años tiene un dramático resultado: cada vez te vas quedando mas solo. Y no se puede evitar recordar la canción de Alberto Cortez “Cuando un amigo se va”, considerada junto a “Alfonsina y el mar” y “Gracias a la vida” como una de las mejores canciones en castellano del siglo XX.

Cierto es que cuando un amigo se va - queda un espacio vacío - que no lo puede llenar - la llegada de otro amigo. Sobre todo, de la calidad humana de Alfredo Fraile, un hombre fundamentalmente bueno que fue mucho más que manager de Julio Iglesias. Para mucha gente, aún hoy, seguía siendo eso.

También lo fue de Silvio Berlusconi, a quien ayudó a venir a España y montar Telecinco; de Adolfo Suárez, de los magnates de KIO, como Javier de la Rosa, de Simón Peres y hasta del rey Hassan de Marruecos, aunque, como el mismo reconocía: “Soy consciente de que gran parte del interés hacia mi persona se debe a los años que ejercí de manager de Julito”, con quien más tiempo estuvo y el que más condicionó su vida, ayudando a construir su leyenda.

Alfredo Fraile, mi gran amigo, fallecido esta semana pasada, fue uno de esos personajes cuya peculiar trayectoria le permitió palpar por dentro el poder, el glamur, la fama, el éxito económico y social. “Siempre desde una discreta segunda fila”, como se podía leer en sus memorias “Secretos confesables”.

Hasta que hace doce años, una grave pancreatitis por la que estuvo ingresado muchos días en un hospital madrileño “me hizo mirar de frente a la muerte desde la orilla. En ese momento di carpetazo a la vida que llevaba, cerré mi oficina y cambié de rumbo”. Y decidió dedicarse a su esposa María Eugenia y a sus seis hijos.

A PUNTA DE PISTOLA EN UN ASCENSOR

De todas las situaciones vividas junto a Julio en los años en los que fue su sombra, ninguna como la sucedida un día de 1980, tras un concierto en el hotel Fiesta Palace de la capital mexicana.

“Acabado el recital, recogí a Julio en el escenario y, como siempre, le conduje a través de las cocinas hasta el ascensor más cercano. Los dos íbamos solos comentando como había sido la actuación cuando, de repente, antes de que se cerraran las puertas del elevador, apareció un hombre que se colocó frente a nosotros. En cuanto el ascensor echó a andar, aquel tipo se metió la mano en el bolsillo y sacó un revolver con el que apuntó al pecho de Julio. Instintivamente me puse delante y le pregunté:

-Pero ¿qué está haciendo usted?

El hombre me miró muy serio y me soltó:

-  Quiero que este señor me explique que hay entre él y mi mujer.

Inquietante y delicada situación. Teníamos por delante veinticuatro plantas de ascensor, sin escapatoria posible, y el tipo de aspecto amenazante y con varias copas de vino dentro de su cuerpo y la pistola clavada en mi pecho sin perder de vista a Julito, aterrado, detrás de mí. Pero intentó calmarlo:

-Perdone, pero debe tratarse de un error, yo no conozco a su mujer ni se quién es.

Pero el hombre insistía. No quería que saliéramos del ascensor sin contarle por qué su mujer había estado todo el concierto timándose con Julio. Sin duda se trataba de un loco peligroso y encima borracho.

En ese momento llegamos a la planta 24, donde Julio tenía la suite, se abrieron las puertas y Julio y yo salimos corriendo. El ascensor volvió a cerrarse y aquel tipo desapareció de nuestra vista.

Ir por el mundo acarreando aquella fama, tenía un riesgo que yo debía de controlar. Era mi responsabilidad que nada le ocurriera al artista.”

Y la nostalgia de aquellos días, el saber que ya no será para mi un punto de referencia, que ya no podré marcar su teléfono porque jamás me contestará, me produce y me producirá ya para siempre el dolor de su ausencia que inexorablemente se va acrecentando con el paso de los días. Amigo mío, amigo del alma, descansa en paz.