Las consortes que vulgarizaron las monarquías

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En cierta ocasión y cuando sus tres hijos, Elena, Cristina y Felipe estaban aún por casar, la querida compañera Pilar Urbano preguntó a doña Sofía, para su libro La Reina (Plaza y Janes 1996):

  • Si hay un hijo que ... se quiere casar con quien no le conviene, con quien no debe …
  • Haces lo que sea para evitarlo
  • Pero, si no hay manera, si no atiende a razones ¿qué haces?
  • Pues acoger a la nuera o al yerno en tu familia. Y tratar de ayudarles a que el matrimonio funcione. Porque las bodas pertenecen a las vidas propias de los hijos. Son ellos los que eligen, son ellos los que deciden ... Ahí ni los padres ni nadie podemos forzar.

Y don Juan, Conde de Barcelona, a propósito de la soltería de su nieto también decía: “Tiene que casarse con quien quiera, ¡faltaba más! Pero también con quien deba. La vida tiene que disfrutarla y sufrirla ellos mismos: ¡Es su vida! ¿Casarse con la cabeza? ¿Casarse con el corazón?

¿Por qué ese dilema? ¡Con la cabeza y con el corazón!”.

Pero desde que se acabó la endogamia en los matrimonios de familias reales y los príncipes y las princesas comenzaron a casarse por amor como los pobres, como los plebeyos, surgieron los problemas sentimentales en el seno de las monarquías. El récord lo ostenta la familia real británica, empezando por Eduardo VIII que tuvo que abdicar al casarse con una americana dos veces divorciada, Wallis Simpson.

A Su Graciosa Majestad, de cuatro hijos, Ana, Andrés, Carlos y Eduardo se divorciaron tres, Ana del capitán Mark Phillips, Andrés de Sarah Ferguson y Carlos de Diana amén de su hermana Margarita del fotógrafo Tony Arsmtrong Jones.

A los reyes Juan Carlos y Sofía, de tres, Felipe, Elena y Cristina, se divorcian Elena de Jaime Marichalar y el marido de Cristina, Iñaki Urdangarin, acaba en la cárcel condenado a cinco años y ella en el banquillo. Y Felipe se casa con una periodista divorciada.

Y vayamos a la entrevista de la que tanto se ha hablado estos días. Lo de Harry y Meghan, una actriz norteamericana de tercera que nunca llegó a dejar atrás el inexplicable papel de diva de Hollywood, quemando su ya de por sí difícil relación con los Windsor con la polémica entrevista para la CBS con Oprah Winfrey, mediante pago, eso sí de .... ¡¡¡seis millones seis!!! de dólares, contando los enfrentamientos familiares, racismo, soledad, intentos de suicidio y extrema soledad. ¡Tal cual hubiera resucitado a la descerebrada Diana!

¿La culpa de todo ello? La propia reina Isabel y, en su caso, el príncipe Carlos por haber autorizado este matrimonio tan desigual entre un miembro de la Casa Real, impresentable él en todos los sentidos y esta cínica y trepa muchacha de color que ha utilizado el embarazo del hijo que esperaba para acusar a la Familia de racista por la curiosidad sobre “lo oscura que podría ser la piel de mi hijo cuando naciera”, por ser ella una mujer de color y la abuela materna negra, negra, negra.

Viendo la entrevista, es curioso contemplar como Meghan utiliza aquellos términos, aquellos gestos, aquellas palabras, todo estudiado al milímetro, resortes para que los ingenuos telespectadores lleguen a la conclusión sobre lo bueno que son ellos y lo mala, malísima que es la familia real británica. Ahora eso si: indignados porque su hijo no va a ser príncipe y porque no van a tener escolta. Quieren todas las ventajas de ser quienes son pero ninguna obligación ni las desventajas que si existen dentro de la Institución.

Todo este drama por casarse con quien se quiso y a lo peor no con quien debió.