La cobardía inhumana de Don Juan Carlos

El día 6 de febrero de 1981, ese mes tan corto y en el que ese año pasaron tantas cosas y todas malas, entre ellas el 23-F y la muerte de la reina Federica, madre de doña Sofía, a quien hoy queremos recordar en esta columna, deseando que mis lectores no sean tan injustos con el autor, como lo fueron la pasada semana, con la historia de la sobrina lesbiana de Letizia.

Aquel trágico día, la reina Federica, que se encontraba ocasionalmente en Madrid, aprovechó que su hija doña Sofía se encontraba descansando junto al rey en Baqueira, para someterse a una pequeña operación de cirugía estética: eliminar unas pequeñas manchas un poco gruesas de colesterina conocidas como un xantelasma sobre los párpados de sus bellísimos ojos. Como era tan bonita y tan coqueta decidió quitárselas.

Para ello, se puso en contacto con el doctor Carlos Zurita, cuñado del Rey por su matrimonio con la infanta Margarita, para que le buscara una clínica. Y le encontró La Paloma que, casualmente, se encuentra a doscientos metros de mi casa y próxima a la avenida de la Moncloa. También contactó con el cirujano doctor Vila Sancho y el anestesista doctor Aguado.

Aunque no era necesario, fue deseo de Federica que la operación, aunque breve y leve, fuera bajo anestesia total. Esta decisión le costó la vida.

Aunque se recuperó de la intervención, cuando se encontraba ya en su habitación, al no responderle todos los reflejos por estar todavía somnolienta, se tragó la lengua, asfixiándola. Y esto, acabó con su vida.

Durante varias horas se intentó, inútilmente, reanimarla. Pero la reina estaba... muerta.

¿Quién tenía el valor de dar la noticia a su hija? Esta terrible y dramática misión le cupo al doctor Zurita y al general Sabino Fernández Campo. La recibió Don Juan Carlos cuando se disponía a acudir al restaurante Arties, donde había quedado citado para cenar con, ¡¡¡atención!!!, el general Armada por aquel entonces gobernador militar de Lérida y que tan decisiva participación tuvo en el golpe del 23-F.

Don Juan Carlos no se atrevió a dar la noticia a Sofía aunque Armada era partidario, con razón, de que lo hiciera. Pero el Rey prefirió, cobardemente, decirle que habían llamado de Madrid para comunicarle que la reina Federica se encontraba ligeramente indispuesta y que era mejor que regresara. Sin darle mayor importancia cuando la tenía toda. Fue una cobardía inhumana.

Para ello, doña Sofía realizó el viaje, primero en helicóptero desde Baqueira a Zaragoza, donde le esperaría un avión DC-9 de las Fuerzas Aéreas que la llevaría a Madrid.

Fue aquí, en la base aérea de la capital aragonesa, donde la pobre Reina se enteró de la terrible noticia que su marido no había tenido el valor de darle. Lo supo por el Jefe del aeródromo, quien había sido informado por el comandante del avión que acudió desde Madrid a recogerla. El buen hombre debió pensar, lógicamente, que la Reina ya lo sabía.

Fácil es imaginar el momento y el viaje de regreso que hizo llorando desconsoladamente en el avión.

Me contaba el piloto que la Reina pidió que apagara las luces para que nadie la viera llorar. Pero la tripulación y quienes la acompañaban la oyeron hacerlo en la oscuridad durante todo el tiempo que duró el viaje.

Nadie entiende tanta cobardía, tanta crueldad y tanto desprecio al dolor de su esposa por parte del rey Juan Carlos. Mientras tanto, el Rey cenaba en Baqueira con... Alfonso Armada. Estuvieron reunidos hasta la madrugada cuando solo faltaban... ¡¡¡ dieciocho días!!! Para... ¡¡¡el 23-F!!!, en el que, ambos, tanta y tan importante participación tuvieron. Cada uno por su lado, pienso yo. Porque de la verdad, verdad, verdad, de lo del 23-F, solo hay tres personas que la sabían: el general Armada que ya está muerto; el general Sabino Fernández Campo, que también murió aunque debió dejarlo escrito en sus memorias que María Teresa, la viuda, niegan que existan aunque Manuel Soriano y este periodista, las vieron. Y el rey Juan Carlos que nunca hablará, of course.