¡Qué caro lo está pagando!

El 1 de octubre de 1977, en el salón de sesiones del Cabildo de Covadonga, don Felipe de Borbón y Grecia era proclamado Príncipe de Asturias, si bien lo había sido ya el 23 de enero de 1977, cuando aparece en el Boletín Oficial del Estado tal nombramiento, el que se indicaba “de acuerdo con la tradición española sobre títulos y denominaciones que corresponden al heredero de la Corona”.

Ese día el propio rey Juan Carlos violentaba, con el aplauso de la reina Sofía, una de las normas tradicionales de las Monarquías: la Primogenitura que se interpreta de manera muy especial en lo referente a la sucesión al trono, según la cual la Corona pasa al hijo varón mayor y, en defecto de hijos mayores, a la hembra de mayor edad.

Pero, por lo que fuere, don Juan Carlos decidió ignorar el artículo 11 de la Ley de Sucesión de 1947, que señalaba: en su apartado : instaurada la Corona en la persona de un Rey, el orden regular de sucesión será el de Primogenitura.

Pero sucesivos retoques no la dejaron mejor en los referente a la Primogenitura ya que la Constitución de 1978, actualmente vigente, en su artículo 57.1, mantenía la preferencia del varón sobre la mujer, en flagrante contradicción con el artículo 14 de la Constitución: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.

Juan Balansó, en su documentadísima obra “la Familia Real y la familia irreal”, recordaba que “en una nación como la nuestra que presenta un plantel de reinas por su propio derecho como Isabel de Castilla, Blanca de Navarra, Petronila, Juana de Aragón o Isabel II, lo verdaderamente tradicional ha sido que las mujeres no tuvieran impedimento para ocupar el trono” por el hecho de serlo.

Por ello, nadie entiende por qué el rey don Juan Carlos decidió saltarse a su primogénita, la infanta Elena, y designar a su tercer hijo, el príncipe Felipe, su heredero.

Cierto es que doña Sofía era de la misma opinión. No olvidemos que aquel 30 de enero de 1968, se sintió poseída por una indescriptible alegría y emoción cuando supo que había dado a luz un niño, el niño de todas las quimeras, de todos los sueños. No dejaba de preguntar “¿pero ha sido varón? Estoy contentísima... ¡Imaginaos!, después de dos niñas nos ha nacido el varón”

Y don Juan Carlos: “Estaba seguro de que iba a ser varón. Yo lo decía: a la tercera tiene que ser”.

Me gustaría haber sido testigo no solo del reencuentro entre el rey y su hija la infanta Elena en el exilio de Abu Dabi, sino de sus conversaciones. Pero sobre todo de sus pensamientos. No me cabe la menor duda de que ante lo que está pasando por decisión de su hijo puede haber llegado a la conclusión de haberse equivocado. De haber respetado la Primogenitura, Elena hubiera sido reina, con todo derecho y él no se encontraría muriéndose en el exilio. ¡Qué caro lo está pagando!