A Felipe y a Letizia: No permitáis que nadie utilice el nombre de Leonor

En 1976, los reyes Juan Carlos y Sofía inauguraron en Pontevedra la "Ciudad Infantil Príncipe Felipe" que, después, se convirtió en el "Centro de Educación Infantil y Primaria Príncipe Felipe". Desde ahora, pasa a llamarse "Colegio de Educación Infantil y Primaria Daría González García", una profesora nacionalista y afiliada al Partido Galeguista desde 1932 en la II Republica. El centro lo explica alegando que "Príncipe Felipe" es un nombre que está obsoleto y queríamos, con el tema de la igualdad y la promoción de la mujer, ponerle el nombre de una pontevedresa.

Y es que, al igual que desde 1983, desaparecieron por ley todos los nombres, monumentos, placas y calles franquistas, ya empiezan a desaparecer también los nombres de miembros de la familia actualmente reinante. Dicen que en cumplimiento del espíritu de reconciliación y concordia.

Ya en 2017, en Barcelona se le cambió el nombre al cruce de la Avenida Diagonal con el Paseo de Gracia que, desde 1981, se había llamado Plaza de Juan Carlos I.

En Vitoria, han anunciado que cuando finalice la actual emergencia sanitaria también quitarán la placa que da el nombre de Avenida Juan Carlos I. Alegan que la gente empieza a estar muy harta de los Borbones y el anacronismo de la monarquía.

Esto me ha recordado cuando, al amparo de la Ley de Memoria Histórica de 2007, muchos ayuntamientos españoles decidieron no solo cambiar la denominación de calles y plazas con nombres franquistas sino también quitar las estatuas de Franco, entre ellas la ecuestre de la Plaza de San Juan de la Cruz, en Madrid, con nocturnidad, para evitar problemas.

Seiscientos cincuenta y seis ayuntamientos y mil ciento setenta y una plazas y calles se acogieron al artículo 15 de la Ley de Memoria Histórica que, a través de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Supremo de 7 de julio de 2013, obligaba a la retirada de todo aquello que supusiera la exaltación del franquismo.

Esto me recordó cuando, encontrándome en Teherán en vísperas de la salida del Shah, vi, con mis propios ojos cuando me dirigía al Palacio de Niavaran para una entrevista con Farah, cómo derribaban las estatuas del emperador con una ira y un odio que daba miedo. Y Reza Phalevi sin enterarse hasta el extremo de que, cuando le visité en su exilio mexicano de Cuarnavaca, me preguntó si yo, que tantas veces había visitado su país, (cuando su boda con Farah, la coronación como Emperadores, Persépolis así como numerosas  entrevistas) entendía qué había pasado. Lógicamente no supe qué contestarle.

Pero yo presentí el final, el día que vi a mi querida Farah acudiendo a una mezquita, cubierta por el negro chador que jamás había llevado, ellos que siempre habían vivido a espaldas de los movimientos religiosos tan radicales como se demostró con la llegada de Jomeini. Aquel fue su tendón de Aquiles.

Me gustaría pedirle a Felipe y a Letizia que no permitan que ni calles, ni plazas ni colegios ni hospitales  lleven el nombre de Leonor si no quieren que corran la misma suerte que su padre y su abuelo.