¡Lo siento, Señor!

Confieso que cada vez me cuesta más defender a Don Juan Carlos sin hacer el ridículo Y, mucho menos,  después del magnifico informe que el compañero Esteban Urreiztieta publicaba en El Mundo sobre Arturo Gianfranco Fasana, el testaferro infiel. Y “clave del dinero oculto del Soberano”, segun Corinna . El propio Fasana reconoce en el informe de Urreiztieta “que el propio Emérito le entregó un maletín lleno de billetes, con 1,7 millones, procedentes del sultán de Bahrein, para ingresarlos en Suiza”.

Hay que reconocer que a don Juan Carlos le ha traicionado no solo su  “amiga entrañable” Corina, desvelando haber recibido 65 millones de euros como regalo, también el hombre que ocultaba sus dineros.

Hasta Pablo Crespo y Francisco Correa, cabecillas de la Gürtel, critican la indiscreción cometida por el testaferro con su cliente real. Cierto que lo hizo para librarse del banquillo, imputado, según Esteban, de delitos graves como “blanqueo de capitales, fraude fiscal, asociación ilícita y falsedad documental” que le hubieran llevado a la cárcel y por muchos años.

A pesar de ello, pienso no se puede hacer leña del árbol caído como están haciendo algunos pidiendo, incluso, que su hijo Felipe VI le expulse de La Zarzuela y le desposea del titulo de Rey...

Otras fuentes recogían esta semana que don Juan Carlos está proyectando trasladar su residencia a la República Dominicana, donde vive su amigo. Pepe Fanhul, el magnate del azúcar y dueño de un lujoso resort Casa de Campo.

No seria el primer rey en abandonar por unos u otros motivos el país en el que reinó. En España, su abuelo Alfonso XIII. Y la reina madre Maria Cristina en 1856 implicada en asuntos de corrupción y negocios fraudulentos. Años después,  se exiliaba a Paris Isabel II . Fue acogida por Napoleón III.

A pesar de todo lo que se publique, pienso que la decisión de abandonar La Zarzuela y España es del propio don Juan Carlos. Ni su hijo puede echarle ni desposeerle del titulo real. Bastante ya le denigró y humilló y, además públicamente, retirándole incluso la asignación económica.

Y, como yo titulaba en mi crónica en El Mundo el pasado sábado:

“¡Dejémosle morir en paz!, es lo único que le queda.
¡Lo siento, Señor!