Grace de Mónaco, una precursora

El pasado 18 de este mes de abril hizo ya la friolera de ... 64 años que se celebraba, en el Principado de Mónaco,  la boda del Príncipe Soberano Rainiero con Grace Kelly, cuarta entre los hijos de un acaudalado contratista de obras amén de ser una famosísima actriz, galardonada con un Oscar.

Era la primera boda real a la que yo asistía. Con ella se iniciaba la democratización de las casas reales europeas que, hasta entonces, habían mantenido la “pureza de la sangre”,  a costa de decadentes, anticuados e inhumanos matrimonios de Estado de “hasta que la muerte nos separe” y que, al no existir un verdadera amor en la mayoría de aquellos matrimonios y solo un contrato,  nunca se rompían porque no había nada que romper.

El ejemplo del Príncipe Soberano de Mónaco al casarse con una “plebeya”,  como la realeza consideró a la joven norteamericana, con toda la carga peyorativa de la palabra, sería imitado por otros miembros de las monarquías, reyes, reinas, príncipes y princesas: Margarita de Inglaterra, casándose con toda la oposición de su hermana, la reina Isabel II, con el fotógrafo de starlettes, Tony Armstrong Jones, quien, además, era cojo; Beatriz, la que fuera reina de los Países Bajos, con el alemán ex miembro de las juventudes hitlerianas Claus von Amberg; Margarita, hoy reina de Dinamarca, con Henri de Montpezat, un joven diplomático hijo de una francesa y un sacerdote; Harald, hoy rey de Noruega, con Sonia, hija de una modesta costurera de Oslo y costurera ella; Carlos Gustavo, actual rey de Suecia, con la azafata de congresos, Silvia Sommerlath; Balduino, rey de los belgas, con Fabiola, una joven de la muy católica, apostólica y romana burguesía de la España franquista; Ana, hija única de la reina de Inglaterra con Mark Philips, profesor de equitación; Carolina, princesa de Mónaco, con Philippe Junot, un playboy, cazadotes, sin oficio ni beneficio; Felipe de Bélgica, con la logopeda Matilde; el heredero de Noruega, Príncipe Haakon Magnus con Mette Marit, una cortesana de terrible pasado con delincuentes y traficantes de droga que aportaba un hijo al matrimonio y,  por último,  Letizia, actual consorte del rey de España, periodista y divorciada.

La boda de Grace y Rainiero fue boicoteada por todas las casas reales. Esta negativa del colectivo real europeo encolerizó a Rainiero, por lo de desprecio hacia él y su esposa tenía. Grace también se sintió dolida. No entendía como a ella, famosísima por su profesión, se la discriminaba por “plebeya”, por no tener “sangre azul”, cuando ella pensaba que el rojo era el color de la sangre de todo el mundo. Y ese mismo día se juró a sí misma que con, el tiempo, habría de doblegarse ante ella tanta soberbia real, aunque para ello tuviera que hacerse perdonar por haber sido Grace Kelly, con un comportamiento ejemplar. Hasta que la inmoral conducta de sus hijas acabó, incluso, con su vida.

El único miembro de la realeza asistente a la boda fue el rey Farouk de Egipto quien había sido depuesto recientemente, fijando su residencia en Montecarlo. Cuando le saludé,  le expresé mi sorpresa por encontrarle tan feliz a pesar de haber perdido el trono. “Muchacho, no te preocupes. Dentro de unos años en el mundo solo quedarán cinco reyes, los cuatro de la baraja y la reina de Inglaterra”. ¿Camino de ello se va?