Familia, pero no herederos

Muchos de mis lectores no han entendido, a lo peor yo no me expliqué, la columna de la pasada semana sobre las fotografías de la Familia Real presentes en la mesa desde la que la reina Isabel II de Inglaterra leía su mensaje navideño.

Nunca, como en esta ocasión, unas simples imágenes fotográficas se han utilizado con mayor intención por Su Graciosa Majestad Británica.

Felipe VI, en su día, tras el escándalo de Nóos, impuso un cinturón sanitario para dejar bien claro quienes eran Familia Real frente a la familia del rey y los familiares del rey, apartándolos de los primeros incluso a sus hermanas las infantas Elena y Cristina sin posibilidad de heredar algún día el trono. Aunque sus nombres sigan figurando en la lista de sucesión. Como el polémico Froilan, que ya tiene gracia.

Lo mismo ha hecho la reina Isabel, después del gran escándalo de su hijo mas amado, Andrés y la polémica boda de su nieto el príncipe Harry con la actriz de cine, la norteamericana Meghan Markle: crear un cinturón sanitario para demostrar, al igual que el soberano español, quienes son Familia Real y quienes tan solo familia de la reina.

En las fotografías quedaba muy claro: Carlos, como Príncipe de Gales y su esposa Camila y el príncipe Guillermo y la deliciosa Kate. Por supuesto, no podía faltar la fotografía de su esposo, el príncipe Felipe y el homenaje a su padre, el rey Jorge VI.

También ha habido varias quejas y comentarios muy críticos de mis estimados lectores que me honran con su atención ( El Elector, Kalysw, Mario, Garphyo, Aurora Vázquez, exiliado­_mad, Manuel Luna, Angelica y mi siempre pro Letizia Alfonso A.) a propósito no de los nombres de Letizia y Meghan sino de las circunstancias familiares y étnicas que las acompañan. A juicio de ellos, no es necesario. Puede que tengáis razón. Si os he herido ó molestado,  pido disculpas.

¿Que hay en un nombre?, se preguntaba William Shakespeare. “Lo que llamamos rosa, con otro nombre olería igualmente bien”.

No me gustaría que el origen social de la consorte real y la raza materna de la nueva princesa británica sean como las paredes de  una prisión que crezcan cada vez que alguien, como yo, se lo recuerde, perdiendo de vista su ser verdadero. Nadie debería recibir ningún apelativo y mucho menos peyorativamente.

Me van a permitir finalizar esta columna con las palabras de Juan Ramón Jiménez,  a propósito del tema que nos ocupa estos primeros días del año que comienza: “Inteligencia , dame el nombre exacto, y tuyo, y suyo, y el mío.  Del amor y las rosas no ha de quedar sino los nombres,  ¡creemos los nombres!

Aprovecho hoy para desear a todos mis lectores a los de Republica en general ¡Felices Reyes Magos! Los únicos reyes en los que hay que creer. ¡Nunca nos decepcionan!