Begoña Gómez, una Primera Dama con carácter

Begoña Gómez, la esposa del Presidente en funciones del Gobierno español, se ha tomado muy seriamente lo de Primera Dama. Lo es porque Letizia no concursa. Dicen que la ilusión de su vida era saludar a la reina más reina del mundo, Isabel II de Inglaterra, aunque actualmente está en sus horas más bajas.

Pero sigue siendo Su Graciosa Majestad Británica reverenciada por medio mundo. Por ello, Begoña se apuntó a la reunión en Londres de Jefes de Estado y también de Gobierno de países de la OTAN.

Periodista Digital informaba que Begoña fue apartada “de forma severa” en el Palacio de Buckingham, donde la Soberana ofrecía una recepción, advirtiéndole que “no le correspondía estar ahí”.

No explican los motivos. Si su esposo estaba,  ¿por qué ella no? Para tal ocasión Begoña estrenaba un modelo de Pedro del Hierro. También un rostro más luminoso y terso con unos pómulos más prominentes y los surcos de su rostro, hasta ahora muy profundos, menos marcados, prueba del bótox y de infiltraciones de ácido hialurónico que la han convertido en una mujer diferente.

Begoña Gómez nada que ver con las seis “Primeras Damas” de la democracia. Y, mucho menos, que Amparo Illana, la Primera Dama que no le gustaba serlo.

Tampoco parecido alguno con Pilar Ibáñez Martín que ni estuvo en la ceremonia en la que su esposo, Leopoldo Calvo Sotelo fue investido como segundo jefe del Ejecutivo de la Democracia. Asi lo contaba ella:  “Leopoldo me dijo, mira no quiero que vengas al Congreso porque voy a estar más tenso si estás allí. Búscate un plan para esa tarde”.

O Carmen Romero, esposa de Felipe González, que siempre consideró el Palacio de la Moncloa “lo menos hogareño que uno pueda imaginar, más parecido al escenario de un  teatro que un lugar para vivir”.

Y Ana Botella, esposa de José María Aznar, el cuarto presidente democrático, y según Maria Ángeles López de Celis, secretaria de cinco presidentes de Gobierno, se quejaba con intransigencia de que “teniendo a mi cargo más de cincuenta personas siempre estoy mal atendida” y que trasladó muebles y enseres desde su domicilio con el fin de atenuar la sensación de oficialidad. Y conseguir un ambiente hogareño y acogedor” según la ilustre funcionaria presidencial.

Y Sonsoles Espinosa, la mujer de José Luis Rodríguez Zapatero. Nada más llegar a Moncloa declaró “Yo estoy cuando hay que estar. Soy una ciudadana anónima a la que el pueblo no ha votado. Una ciudadana más sin vida publica”. Según María Ángeles, “esta mujer pasará a la historia por ser la consorte más esquiva de todas las cónyuges presidenciales de la democracia española y la más reacia a representar su papel de Primera Dama con una falta de compromiso con la labor de Estado que lleva a cabo su marido”.

Y Elvira Fernández Balboa, la sexta Primera Dama de la democracia, fue siempre la prolongación de su esposo, de Mariano Rajoy, en discreción, sentido común y timidez. Absolutamente normal, centrada en su familia y escaso interés por la política. Siempre permaneció en un invisible segundo plano, prudente y reservada.

Nada que ver, repito, ninguna da las seis primeras damas con Begoña Gómez, una mujer con mucho carácter quien, al igual que Letizia, se olvida que ella es tan solo la consorte del Jefe de Gobierno… en funciones.

Y, como define J.B Wést, Ugier Mayor de La Casa Blanca, estas mujeres “no poseen ningún título oficial. Lo de Primera Dama es un término que hace ya muchos años popularizó una periodista norteamericana, quedando como la única designación que se da a la mujer casada con el hombre al que llaman “señor Presidente”, mujeres que no son legalmente responsables frente a nadie. Nada más que ante su marido”.

Me gustaría que Begoña Gómez no lo olvidara, aunque siempre presumió de estar “preparada” para La Moncloa. ¿También para cuando Pedro Sánchez no sea Presidente?