¡Qué solos nos quedamos los vivos!

Facundo Cabral, ese gran cantante, escritor y filósofo argentino, asesinado el 9 de julio de 2011 en Guatemala, y compositor de la bellísima canción “Cuando un amigo se va”, escribió que, cuando esto sucede, “el alma se llena de frío y tu vida queda como un terreno baldío, como la de un árbol que ya no vuelve a brotar porque es un árbol caído”.

Tal me siento escribiendo esta columna con el alma rota, con el alma partida porque, según Aristóteles, la amistad es un alma en dos cuerpos, hasta el pasado sábado, el de mi amigo Juan y el mío. Pero desde ese, el suyo lo cubre ya la tierra granadina donde nació el mismo año que yo. El mío seguirá venerando la amistad que durante mas de setenta años me regaló.

Juan no era solo mi amigo sino parte de mi trayectoria vital desde la niñez, tanto en los buenos como en los momentos malos. También Teresa, su adorable y enamorada mujer, que le había precedido en la amistad. Y, como en los matrimonios bien avenidos, hasta que la muerte nos ha separado, dejándonos a ella, viuda y a mi, huérfano.

La orfandad de la amistad es mucho mas dramática que la del padre, al menos que éste sea tu mejor amigo. De todas formas, llegado un tiempo, es algo natural. Lo que no es tanto es perder a un amigo.

Juan y yo teníamos la misma edad, 87 años, una magnífica edad. Para vivir y para morir. A cualquiera de los dos podía tocar. Ha sido a él. Yo tendré que esperar. He aquí el peligro de vivir muchos años: te vas quedando cada vez mas solo.

Cuando “un amigo se va”, como se ha ido Juan, recurres al archivo buscando aquella fotografía de “fin de curso”, en el colegio de los Maristas, todos de la misma edad, para contar cuantos faltan, cuantos quedan. Y, de repente, descubres que han muerto mas de la mitad. Y que de la tercera fila en la que apareces junto a Juan solo .... tú.¡Dios mío, que solos se quedan... los vivos!

Un escalofrío recorre mi cuerpo aunque con André Gide piense que, cuando deje de afectarme, habrá empezado mi vejez, que es un estado de reposo y de libertad aunque nos volvamos más juiciosos y más locos.

P.D.

A Aurora Vázquez: Me parecen injustos sus comentarios sobre Doña Sofía aunque, como usted reconoce, se equivocó anteponiendo sus obligaciones de madre a la de esposa y a estas a las Institucionales en el tema de Iñaki y Urdangarin. Por supuesto, que Felipe es el único responsable y culpable de lo que haga o deje de hacer Letizia.

Para MadridCarmen: Cierto es que Letizia ha tenido una grandísima maestra, como es doña Sofía, pero no le ha dado la real gana de aprender de ella. Y lleva razón, estimada amiga, cuando me escribe a propósito de Felipe y Letizia. En esto coincide con Aurora Vázquez.

A Pedro Manuel A.C. Todo mi afecto y simpatía por ese drama como es la muerte de su hijo y del que uno jamás se recupera. Usted y yo, desgraciadamente, lo sabemos. Reconozco que usted pudo tener cierto consuelo sabiendo que los órganos de su hijo viven en otro cuerpo. Un fuerte y emocionado abrazo.

Para Exiliado mad: No se equivoque: los españoles de entonces hubieran aceptado la monarquía con Alfonso de Borbon Dampierre con el mismo “entusiasmo” que con Don Juan Carlos. En aquella época, daba igual el titular. No existía el menor sentimiento monárquico. Cierto es que hoy tampoco.