El encefalograma… plano de la princesa

El pasado sábado, 31 de agosto, hizo ya veintidós años de la muerte de la princesa Diana. Nunca una tragedia ha conmocionado al mundo de una forma tan histérica.

Este columnista no olvidará jamás la mañana del 31 de agosto de 1997 que era domingo. Ese día yo dedicaba una columna  a las andanzas enloquecidas de la princesa Diana con su amante Dodi al Fayed, durante el mes de agosto, en el que llegó a visitar, incluso a una vidente.

“Lady Di tiene el encefalograma plano”, titulaba yo el articulo. Era muy de mañana cuando me telefoneó, indignada, mi querida amiga y compañera Rosa Villacastin. “Eres un cabrón. No tienes humanidad. ¿Como puedes escribir lo que estoy leyendo en El Mundo…?”.

Juro que no entendía nada. “¿No te has enterado? Se ha muerto Diana”.

Sin saberlo, el fallecimiento se había producido esa madrugada y los periódicos no lo recogían, yo anticipaba la noticia. Porque, a esa hora en la que escribí la columna, yo no sabía que la princesa tenía el encefalograma plano porque ya estaba muerta.

Siempre me arrepentiré de aquellas palabras tan crueles e inoportunas, como las calificó mi compañera, quien además era pro Diana, mientras la humanidad gemía histéricamente ante aquella tragedia.

Aunque estaba convencido, entonces y ahora, que se trataba de una muchacha sin dos dedos de frente, inculta y amoral. “La maravillosa Diana es una persona inestable y una pobre mujer desequilibrada mentalmente”, como ella misma reconoció en la lastimosa entrevista en la BBC.

También a Peter Settelen, el “coach” traidor que vendió las confidencias  a Chanel 4 y a la NBC: “Los amigos de Carlos decían que yo era una inestable, que estaba enferma y que deberían internarme en un centro”.

No hay duda que Diana era una muchacha desgraciada,  obsesionada por el sexo o por la falta de sexo. “Mi marido nunca me pide que hagamos el amor… Solo lo hacemos cada tres semanas”, reconoció en la citada entrevista en la BBC. También a  su suegra la reina Isabel, “a su hijo no le gusta hacerme el amor”.

Pero lo que Diana buscaba era que la quisieran. Lo demostró durante sus vacaciones en Marivent, en el verano de 1988, cuando le confió a su escolta Ken Wharfe (hay que tener poca dignidad): “¿Sabes una cosa ? Creo que le gusto bastante al Rey. Don Juan Carlos es tremendamente encantador, Ken, pero es demasiado atento, una persona muy táctil”.

Luego, Diana tuvo amores y amoríos desvergonzados.

No se merecía los funerales de Estado que el gobierno de Tony Blair obligó a la reina Isabel a autorizar. Ya no formaba parte de la Familia Real. Estaba divorciada del Príncipe Carlos.

Yo, que estuve presente en el entierro de Diana, fui testigo de la histeria colectiva del pueblo británico. La gente lloraba, gritaba, cantaba, aplaudía. ¿Dónde estaba la flema británica? Desde luego, allí, no.

Años más tarde, la propia BBC pidió disculpas públicas por su comportamiento a la reina Isabel que fue la única que no perdió los papeles. Y con el tiempo, todo volvió a la normalidad.

Hoy, el nombre de Diana está escrito en el agua pero no podemos olvidar que fue la gran manipuladora que puso a la institución monárquica, con su comportamiento y desvergüenza, al pie de los caballos.