Un posado “reposado”

Sus Majestades los Reyes, acompañados de sus hijas, Su Alteza Real la Princesa de Asturias y Su Alteza Real la Infanta Doña Sofía, así como por Su Majestad la Reina Doña Sofía, en Palma, momentos antes de acceder a la Catedral de Mallorca |

La tradicional ceremonia de la Misa de Pascua en la catedral de Palma de Mallorca el domingo de Resurrección de este año, ha recordado a todo el mundo la violencia que Letizia ejerció contra su suegra, la reina Sofía, el pasado año.

Tuvo tal repercusión mundial, que hasta Marie Chantal Miller, su sobrina política por estar casada con Pablo de Grecia, hijo de su hermano, el rey Constantino) declaró a la prensa: “Ninguna abuela se merece este trato. Letizia ha mostrado su verdadera cara. Me sentí muy enfadada”.

Este año, don Juan Carlos, escarmentado, decidió, con buen sentido, no acudir a Palma de Mallorca, arrepentido de haberlo hecho. ¡Por una vez que accedió a reunirse con toda la Familia Real…!

Aunque ha transcurrido un año, la agresión fue tan pública que imposible de reparar públicamente este año con ese posado “reposado” (Boris Izaguirre dixit ) en el mismo escenario.

Por mucho que todos se prestaran a posar para los reporteros, la imagen del año pasado se superponía a esta, en la que sus protagonistas actuaban ¡hipócritamente! como si nada hubiera pasado habiendo pasado tanto.

La propia consorte se ha encargado recientemente de refrescar la memoria del lamentable y violento incidente, vistiendo el mismo modelo que llevaba aquella triste mañana. ¡Menos mal que no lo ha utilizado para el posado de este domingo!

Pienso que en la Familia Real española ya nada es igual desde aquel lamentable día. Siempre habrá un antes y un después. Expertos en el tema dicen que, desde aquel domingo de Resurrección, algo murió no solo entre Felipe y Letizia sino también entre suegra y nuera. Aunque públicamente mantengan el parapeto que la profesionalidad exige.

Quien mas dañada quedó fue, sin duda alguna, Leonor, una niña que demostró ser digna hija de su madre, que la está educando a imagen y semejanza. ¡Hasta mira ya igual que mama!

¿A qué venia rechazar violentamente la mano de su abuela cuando ésta la posaba, tan cariñosamente, sobre el hombro de la nieta? No creo que tan mal gesto sea capaz de tenerlo con su abuela materna, Paloma, encargada de sus principescas nietas cuando mamá se ausenta por viajes oficiales.

En cierta ocasión y en una reunión familiar, durante una visita a su hermano Constantino y su cuñada Ana María y demás familia griega, doña Sofía se lamentaba que no la dejaban ver a sus nietas.

No era ni de lejos la primera vez que la reina Sofía sufría en sus propias carnes la humillación de un miembro de la Familia. Varias han sido las veces que sus comportamientos públicos, de unos y otros, no han hecho más que ensuciar una Institución que está herida de muerte.

“Lo estoy pasando muy mal”, reconoció al hablar de sus nietas: “¡No se cómo están! ¡No las veo nunca! ¡No me dejan verlas! Yo que vivo al lado, no puedo ir a su casa y, sin embargo, la madre de Letizia está siempre ahí metida!”.

Siempre se ha dicho que la razón de ser de las monarquías es que sus miembros, todos ellos, sean ejemplares. O lo parezcan. Y no lo son.

La pasada semana nos hacíamos eco de los insultos barriobajeros y soeces de la infanta Elena a unos periodistas que osaron preguntarle a su Alteza Real “el motivo del viaje a Sevilla”. La respuesta de la “señora” fue “Qué coñazo!, ¡qué gentuza! Varios de los lectores de esta columna, como Alfonso A. ya se han eco con acertados comentarios.

P.D

Es mi intención dedicar, todas las semanas, un espacio para contestar a mis números lectores. No solo a los que ejercen el derecho a criticarme. Con o sin razón. Cierto es que a Franco el bautizo de Felipe le llenó de alegría ya que, como escribe Jesús Maria, “suponía ver a un futuro Rey de España para su continuidad”. Tanto que, hasta que doña Sofía no dio a luz a un varón, no designó a don Juan Carlos su heredero a título de Rey. Pero lo que no es cierto es que la reina Victoria Eugenia le dijera a Franco cuando se entrevistó con él, en el Palacio de La Zarzuela, el día del bautizo del príncipe Felipe y que ya lo comenté en mi artículo de la semana pasada, “ya tiene tres borbones donde elegir: padre, hijo y nieto”, como se inventaron algunos prohombres del franquismo. La reina me lo desmintió, vuelvo a repetir, en la entrevista que me concedió un mes antes de morir.

Yuria Suna, ante mi critica a la infanta Elena por sus insultos a la prensa, me pregunta “¿por qué no se lo dice usted? Como escribe Alfonso A. “porque soy un hombre que supera los ochenta y no me dedico a perseguir a las Infantas cámara en mano”. Pero no le quepa la menor duda que si yo hubiera estado presente en la estación sevillana de Santa Justa, donde se produjo el incidente, le hubiera dicho lo que escribí en mi anterior columna “¿De qué coño vas?”.

Saavedra escribe que “efectivamente no me da miedo a opinar ahora”. Cierto es, estimado comunicante, independiente de que la edad es un privilegio (“soy viejo y rico”, como dijo el actor y director americano, George Clooney) y la experiencia que he acumulado a lo largo de mi vida me permite ver el mundo con otros ojos, que diría el compositor italiano Ennio Morricone, de 90 años, cuando era más joven, los miembros de la Familia Real española tenían otros comportamientos. Al menos públicamente. Incluso las presuntas infidelidades de don Juan Carlos no trascendían. Y la relación sentimental del real matrimonio parecía normal. Pero, sobre todo, en la familia no habían entrado personajes como Jaime Marichalar, Iñaki Urdangarin y, sobre todo, la inefable Letizia. Cierto es que, en vez de criticar a éstos, deberíamos hacerlo a Elena, a Cristina pero, sobre todo, a Felipe que se casaron con quienes quisieron ¡faltaba más!, pero no con quienes debieron. Y así les ha ido a los tres. Y así le va a la Institución.