Se arrepintió de haber regresado a España

Este lunes, 15 de abril, hizo cincuenta años de la muerte de Victoria Eugenia, esposa del rey Alfonso XIII y reina consorte de España durante veinticinco años. Falleció en Vieille Fontaine, de la ciudad suiza de Lausana, donde vivió su exilio.

El mes de octubre marcó su vida de una forma aciaga ya que, otro 15 de octubre, este de 1931, al día siguiente de proclamarse la República, se veía obligada a dejar, precipitadamente España.

Su esposo, el Rey, lo había hecho la víspera, dejándola abandonada y sola mientras los manifestantes contra la Monarquía ponían sitio al Palacio Real, donde ella permanecía acompañada de cinco de sus seis hijos, menos el infante don Juan.

Y, un 15 de marzo de 1969, yo publicaba en la revista “Hola” de la que era redactor-jefe la última entrevista de su vida que me concedió un mes antes de morir.

Acababa de cumplirse el primer aniversario de su visita a Madrid, después de treinta y siete años de ausencia, para amadrinar a su biznieto Felipe. Y regresaba, con emoción y sencillez en la serena y noble ancianidad de los ochenta, pero con su dignidad intacta de Reina.

“Era la primera apoteosis monárquica en cuarenta años”, escribió López Rodó. Pero Felipe puede que nunca sepa, en toda su profundidad, lo arrepentida que estuvo, hasta su muerte, de haber regresado. “Yo no tenia que haber ido al bautizo, yo no debí regresar nunca a España, pero mi nieto me convenció para que fuera la madrina de su hijo, una debilidad que nunca tenía que haberme permitido mientras Franco tenía a mi hijo en el exilio”, me reconocería en aquella inolvidable entrevista.

Fue una visita llena de intenciones. La primera de ellas, exigir la presencia de su hijo, el Conde de Barcelona. Quería rehabilitarle ante los ojos, no solo de los españoles sino también de Franco.

Por ello, cuando don Juan quiso ir a recogerla a Mónaco, donde pasaba el invierno por invitación de los príncipes Rainiero y Grace, para acompañarla en tan emotivo viaje, la reina Victoria Eugenia se negó categóricamente. “Quiero ir sola. Tu me recibes en Barajas, como Jefe de la Familia Real que eres”, me recordó haberle dicho.

Y aquí es donde entró su juego calculador, aprovechando el regreso, para colocar la pieza perdida del puzzle español, en el lugar que ella consideraba debía estar.

Y todo el que quiso entendió la lección cuando la Reina, antes de abrazar a su hijo que le daba la bienvenida en el aeropuerto, le hizo la reverencia demostrando, con este protocolario gesto, quien era el futuro Rey de España.

En la entrevista me confesó, indignada y triste: “No es cierto que yo le dijera al general: “Ya tiene tres Borbones donde elegir: el padre, el hijo y el nieto. ¡Cómo le iba a decir eso cuando poco antes yo había dejado bien claro en el aeropuerto, al inclinarme ante él, quien era el titular de la Corona en España!”.

Esto y muchas verdades incuestionables más me dijo en aquella inolvidable entrevista que ella no pudo leer. Cuando se publicó, el 15 de marzo, ya se encontraba en coma. Fallecería días después, exactamente el 15 de abril.

PD: Lleva razón Alfonso A., a propósito de sus comentarios sobre las palabras de Elena a la prensa: “¡Qué coñazo!, “¡Qué gentuza!”. Aunque no se puede comparar con los modos de Letizia hacia su real suegra, la Infanta ha demostrado ser una grosera y maleducada. Posiblemente, el trato con los caballos se le ha contagiado y cree que a la prensa se le puede tratar como a sus equinos. Aunque pensándolo bien, seguro que a estos… muchísimo mejor. Estoy harto, dolorosamente harto, del “casticismo” de esta mujer con sus malos modos y sus exabruptos. Siempre echo en falta la presencia de un periodista que le pare los pies y le diga ¡de qué coño vas!