El marqués de Villaverde politizó la boda de la infanta Margarita

El pasado miércoles, 6 de marzo, la infanta Margarita cumplió 80 años en familia. Con su marido, Carlos Zurita, sus hijos, María y Alfonso, su nieto Carlos, y la visita de su hermana Pilar y de su cuñada la reina Sofía.

Su hermano, el rey Juan Carlos, se encontraba en Florida, concretamente en Palm Beach, invitado por esos nuevos amigos que son Pepe y Emilia Fanjul. Su sobrino Felipe y la inefable Letizia ni acudieron ni se les esperaba.

Con la infanta y su marido, el doctor Carlos Zurita, he tenido siempre una relación muy especial. Puedo presumir de haber sido el único periodista en descubrir, en su día, el noviazgo que mantenía muy en secreto.

Cierto es que nadie había pensado jamás en la posibilidad de que la infanta pudiera casarse. Ni tan siquiera considerado. Por ello, cuando un día me llegó la noticia, de forma confidencial, cual no seria mi sorpresa al descubrir que el joven con el que mantenía relaciones era un conocido mío, el doctor Carlos Zurita, hijo de un ilustre cardiólogo y cardiólogo también él de profesión.

Aquella, digamos amistad, más que facilitarme la exclusiva, me la complicó, negándola. Ante los datos abrumadores que le expuse, consciente de las normas de protocolo en estos casos, me remitió al padre de la novia, al Conde de Barcelona, Jefe que era entonces de la Familia Real.

Con él, en su despacho de Villa Giralda en Estoril, aunque me confirmó la noticia, me pidió no la publicara con argumentos que no admitían discusión.

“Voy a hablar de padre a padre (entonces yo lo era). Como tu sabes, mi hija es ciega. Esta relación sentimental, que está en sus inicios, es la primera en su vida. Y como sucede en estas relaciones, solo el tiempo dirá. Yo te pido que esperes un poco. Te prometo que serás el primero en publicarla”.

Escuché solo al corazón y guardé, bajo siete llaves, la noticia y las fotografías que tenía. Luego resultó que jamás pude dar la primicia. No porque el Conde de Barcelona ni Carlos Zurita faltaran a su palabra, sino porque, cuando meses más tarde se anunció el compromiso, me buscaron pero yo me encontraba a muchos miles de kilómetros de Madrid, concretamente en Nagasaki, acompañando a los entonces príncipes Juan Carlos y Sofía en su primer viaje a Japón.

A la boda sí que pude asistir. Una boda celebrada en la pequeña iglesia de San Antonio de Estoril, y en la que, un desgraciado malentendido, ocasionó un grave problema, impidiendo la presencia del embajador de España en Portugal, por orden de Franco, que amargó el día tanto a don Juan como a don Juan Carlos.

El Conde de Barcelona había advertido que no quería que la boda fuera un pretexto para manifestaciones de tipo político, como ocurrió con la de la infanta Pilar. Deseaba que la de Margarita se desarrollara en la intimidad familiar.

Para ello, decidió que los testigos fueran solo y exclusivamente miembros de las dos familias. Pero un malentendido con uno de los invitados, el doctor Cristóbal Martínez Bordiú, íntimo amigo y compañero del doctor Zurita, padre, cardiólogo como él, a quien había pedido que fuera testigo de la boda de su hijo, no aceptó la explicación y le dio la lectura política que no tenia.

El marqués explicó que le habían excluido por ser el yerno de Franco y éste prohibió la presencia del embajador de España quien, además, era gran amigo del Conde de Barcelona, en la ceremonia.

Este incidente convirtió la boda de la infanta más sencilla, modesta y querida del gotha real, alejada siempre de ese mundo frívolo en el que se movían otras princesas de su misma edad, en un acontecimiento político utilizado por el Régimen contra su padre. ¡Una pena!