Ayer hizo… 40 años del fin de su fabulosa historia

Ayer, lunes, 11 de febrero hizo 40 años que se proclamaba la República Islámica en Irán.

El 16 de enero de ese año de 1979, el Shah Muhammad Reza Pahlavi abandonaba el país del que había sido Emperador representante de una monarquía de 2.500 años, posibilitando el retorno del exilio del ayatolá Jomeini.

Aunque ya me he referido a ello en alguna ocasión, hoy quería recordar aquel 11 de febrero. El Sha y su familia se encontraban en Marruecos, concretamente en Marrakech, primera parada de su largo y dramático éxodo por medio mundo, buscando un lugar, no para vivir, sino para que el emperador, aquejado de un gravísimo cáncer linfático, pudiera morir.

– Estábamos escuchando Radio Teherán, en la villa que el rey Hassan había puesto a nuestra disposición, cuando oímos con el corazón sobrecogido: “La revolución ha vencido. El bastión de la dictadura se ha derrumbado”. Las primeras noticias sobre la matanza de oficiales en plena calle y fusilamientos ordenados por religiosos fanáticos, nos llegaron a la mañana siguiente.

Más tarde vendría la matanza de los miembros y partidarios del Partido Comunista que tanto habían ayudado a Jomeini a dar el golpe contra Reza Pahlavi.

El lector se preguntará, lógicamente, cuál fue la reacción del Sha.

“Mi marido, víctima de una fuerte depresión, se encerró en un largo y profundo silencio. Aquella actitud me conmovía infinitamente. Flaco, minado por la enfermad y aquel drama… yo sufría viéndole así”, me contó Farah en una de mis conversaciones en el exilio mexicano de Cuernavaca, adonde acabaron después de que el mundo entero se negara a darles asilo por temor a las represalias de Jomeini.

“Conscientes de que se había vuelto una página y que el regreso a Irán se había esfumado, el Sha reunió a la tripulación militar del Boeing 707, que nos había llevado de Teherán a Marrakech y les liberó de su compromiso. También a los miembros de la seguridad. Todas aquellas personas habían dejado a sus familias en Irán. Y les autorizó a decir que “fueron obligados, bajo amenaza, a acompañarle”. Y, por supuesto, devolvió el avión a Irán.

La generosidad del rey Hassan duró muy poco. Hasta que tuvo conocimiento de que el ayatolá había ordenado a sus fanáticos que secuestraran a algunos miembros de la familia real marroquí para canjearlos luego por el Sha y Farah.

El rey Hassan que, con tanto valor, le había dado asilo, al emperador y familia “no puedo negarle la hospitalidad a un hombre que vive el más trágico momento de su existencia”. Pero, consciente de que no podía garantizarle la seguridad, les ofreció su avión personal que solo esperaba el nuevo destino para despegar.

Yo, que había conocido como pocos las vidas en todo su esplendor del Sha y Farah en Irán, su boda, su coronación y que fui testigo de las fastuosas celebraciones de Persépolis, propias de las mil y una noche, me era, más que difícil, imposible, imaginar la nueva situación.

“Pasábamos largos ratos uno junto al otro y, besándole silenciosamente con la mirada, advertía como le amaba, como sufría viéndole. Habíamos vivido veinte años en un incesante torbellino y, de repente, el destino nos devolvía así, el uno al otro. Lo hacía sin duda para permitirnos afrontar, juntos, aquella terrible prueba tan inverosímil. Sucediera lo que sucediese, mi línea de conducta sería dar a aquel hombre, cuyo amor tan valioso me era, toda la fuerza de la yo era capaz”.

Y así fue hasta la madrugada del 27 de julio de 1980, cuando el sha moría en su exilio de El Cairo rodeado de todos sus hijos.

“Aquel día no tuve la fuerza de pasar sola la noche y pedí a los niños que se reunieran conmigo… Pusimos colchones en el suelo y dormimos, es un decir, apretados unos contra otros”.