Juan Carlos impidió que Alfonso fuera príncipe

El pasado 30 de enero, hizo ya treinta años de la trágica muerte de Alfonso de Borbón Dampierre, guillotinado como el Rey de Francia que quiso ser cuando ya no podía de España.

Fue un buen, buenísimo hombre, desgraciado de la cuna a la sepultura. Si su padre, el infanta don Jaime, no hubiera renunciado a sus derechos dinásticos, pensaba le habría correspondido a él ocupar el trono español.

Fue un trauma que le acompañó hasta su muerte, en las pistas de Colorado, en Estados Unidos, cuando un cable que cerraba la pista y que no vio, acabó con su vida.

Y se murió pensando que el tenía mas méritos que su primo hermano Juan Carlos para haber sido el titular de la Corona.

Cada vez que hablábamos, siempre decía: “¡Si yo hablara!”. Cuando se lo comenté un día a Don Juan Carlos, me dijo: “¡Que hable! ¡Que hable de una vez!”. Cierto es que nada podía decir.

¿Intentó realizar sus sueños con la “boda de la conspiración”, como se calificó su matrimonio con Maria del Carmen Martínez Bordiu. Eso se dijo. Pero … se llegó demasiado tarde. Franco ya había decidido el nombre del sucesor a titulo de Rey.

De haber sucedido todo esto antes de 1967, a lo peor y durante un tiempo, los reyes de España se hubieran llamado Alfonso y Maria del Carmen.

Pero si ya era imposible, al menos había que vestir el santo convirtiendo al pobre de Alfonso nada menos que en el príncipe que no era.

Con motivo de aquel acontecimiento que abría tantos interrogantes llenos de tensiones y golpes bajos, don Juan Carlos soportaba, en silencio, un sinfín de abusos en los referente a la utilización legal del título de Príncipe.

No solo en el comunicado oficial del anuncio del compromiso de su hijo, realizado por el infante don Jaime de Borbón desde París, sino en las invitaciones de la boda en las que se referían al novio como “Su Alteza Real el Príncipe Don Alfonso de Borbón…”.

”¡Hasta ahí podíamos llegar!”. Nunca ha estado más justificada la ira real que en este caso concreto. La ira, la cólera fue de órdago en esta ocasión. Hasta López Rodó lo recoge en su libro “La larga marcha hacia .. la Monarquía “. Don Juan Carlos acababa de enterarse que, a petición de Franco, el almirante Carrero Blanco había redactado un documento para que él lo firmara, solicitando al Jefe del Estado la concesión del título de Príncipe para su primo. ¡Ahí es nada!

Don Juan Carlos decidió que un paso más atrás, ni para tomar impulso. Y por teléfono solicitó, urgentemente, una audiencia con el Generalísimo.

Y debió entrar en el Palacio de El Pardo de tal café, que ni vio a su primo cuando se cruzó con él. Que allí estaba maniobrando en la sombra como un Rasputín, con la inestimable colaboración de la abuela, la hija, el yerno y la nieta que ya se veía Princesa de Borbón.

Don Juan Carlos, tenso, inquieto, indignado, se dispuso ese día echarle un pulso al General. Para ello, una vez en el despacho, los puso encima de la mesa para decirle, simple y sencillamente: “No creemos confusiones en el futuro… En la Casa Real Española solo existe un Príncipe, el de Asturias. Mi propuesta es hacedle ahora duque de Cádiz”.

El generalísimo no dijo ni mu. Se limitó a darse por enterado. Cuatro días después, el Consejo de Ministros, presidido por Franco, aprobó un decreto en el que “a petición de Su Alteza Real, el Príncipe de España, he tenido a bien conceder a Su Alteza Real don Alfonso de Borbón y Dampierre el titulo de Duque de Cádiz…”.

En aquella ocasión, la agresividad del entonces príncipe Juan Carlos surtió efecto y el pobre y ambicioso Alfonso no fue … Príncipe.