El día que Fraga pudo haber matado a Franco

La pasada semana se produjo en una finca de la localidad sevillana de Guillena, un triste y dramático accidente de caza que costó la vida a Aitor, un niño de cuatro años.

El cazador, Luis Antonio Gasparini, un arquitecto de 60 años, de origen italiano, afincado desde hace años en el Puerto de Santa Maria. Por sus veinticinco años ejerciendo la profesión, el Colegio de Arquitectos de Cádiz le otorgó la medalla de plata. Su esposa Elina, también es arquitecto.
Cuando se conoció lo que había sucedido durante la jornada cinegética, sorprendió que el autor del disparo ocasional fuera militante “muy activo” de Podemos, la formación de Pablo Iglesias, impulsora de la iniciativa para ilegalizar precisamente …l a caza.

Este terrible accidente, me ha recordado el día que Manuel Fraga pudo haber matado a Franco, en el transcurso de una cacería en la que, al igual que el arquitecto, cometió la imprudencia total de girar el arma a la derecha ¿o fue ala izquierda? 90 grados sin ver la presa.

En el caso de la cacería sevillana, la escopeta del arquitecto se encontró con el cuerpo del pequeño Aitor. En la de Fraga, con el culo de la marquesa de Villaverde, hija de Franco.

El suceso pudo haber sido tan trágico como el que motiva esta columna, pero solo quedó en un gag, propio de una película cómica del genial Charlot.

Era una de las primeras cacerías del Caudillo a las que asistía Manuel Fraga, recién nombrado ministro de Información y Turismo. Como todo cazador primerizo, a Fraga no le faltaba un detalle en su atuendo cinegético. Por no faltarle, ni la pluma en el tirolés.

Lo cuenta el mismo, aunque a su manera, en “Memoria breve de una vida pública”.

“Era un fin de semana. Exactamente el 1 de febrero de 1961. Yo había sido invitado a una cacería de perdices en Santa Cruz de Mudela. Aquel día tuve la desgracia de darle un plomazo “en salva sea la parte” a la marquesa de Villaverde. Una perdiz baja que pasó entre los dos dio lugar al monumental error. Carmen estaba, además, entre su padre y yo”.
Lo que Manuel Fraga no quiere recordar es que, cuando se le cruzó una perdiz, la siguió girándose … 90 grados para dispararla cuando esta volaba justo a la altura del rotundo culo de la hija de Franco .

¿Se lo imaginan? Gritos de la marquesa con el culo como un colador, sangre, mucha sangre, y voces pidiendo la presencia de Vicente Gil, el médico personal del Caudillo, que le acompañaba, siempre, en todos sus desplazamientos.

Fraga nos descubre con el relato que, ese día, podía haber cambiado el curso de la Historia con un involuntario “magnicidio”. Porque lo mismo que le dio el tiro a la hija se lo podía haber dado al padre que, tambien, lo tenía a tiro.