¿Justicia o venganza?

“Culpable o inocente, nuestro compatriota ya ha pagado, con veinticuatro años y medio entre rejas, dieciséis de ellos en el corredor de la muerte”. Esto lo escribía cuando aún no se había pronunciado el jurado que tenía que decidir sobre la inocencia o culpabilidad de Pablo Ibar, en el triple asesinato de un empresario y dos bailarinas, en Miami, y por los que fue condenado a muerte.

El pasado sábado, los “doce hombres sin piedad”, en este caso ocho mujeres y cuatro varones y después de solo dos días reunidos, tuvieron presente, mas que las dudas razonables expuestas por los abogados de la defensa (un millón trescientos mil dólares), las últimas palabras del fiscal justiciero Chuck Morton : “¡No permitáis que este asesino siga viviendo!”.

Y llegaron a la conclusión de que Pablo Ibar era “¡¡¡Culpable!!!”.

Pienso que más que justicia parece una venganza personal del fiscal Morton, que ha vuelto de la jubilación, solo y exclusivamente para que no se le escape vivo a quien ya pidió por tres veces la pena de muerte. No se ha visto nunca un fiscal más cruel, contaminado y menos imparcial. Reunía todos los argumentos para haber pedido su recusación.

Este fiscal ha demostrado que antes de conocer el corazón de un hombre, le odia a primera vista sin haber recibido ofensa de él. No se puede ser justo si no se es humano, porque una justicia extrema, como la aplicada por el fiscal norteamericano, es, a menudo, una injusticia. Y el fiscal, con su carga de odio hacia nuestro compatriota, ha demostrado no serlo.

“No hay verdadera justicia sin bondad”, decía el filósofo Ramón Llull, “porque lo más horrible de este mundo es la justicia separada de la caridad” (François Mauriac).

En cualquier país civilizado, incluido España, no solo hubiera podido ser recusado sino que, después de 25 años de prisión de los cuales 16 en el corredor de la muerte, nuestro compatriota hubiera sido puesto ya en libertad.

Soy nieto de un ilustre magistrado de la Audiencia de Granada, un juez justiciero. Se hizo famoso por intentar acabar con las argucias de los abogados defensores de aquellos asesinos que alegaban, y siguen haciendo, en un jurídico intento de salvar la vida del asesino, que se trataba de un delito cometido en ataques de locura transitoria. “Para que escarmienten los locos … garrote vil”, era su famosa frase.

No hace mucho tiempo y durante una visita a Granada, Jesús García Calderón, un ilustre poeta extremeño que entonces era Fiscal Superior de la Comunidad Autónoma de Andalucía, con sede en la capital granadina, me mostró el garrote vil que mi abuelo utilizaba para que se cumplieran sus sentencias. Se conserva en el edificio de la Chancillería en la que el magistrado Núñez de Alarcón, ese era el nombre del padre de mi madre, impartía Justicia ¿justiciera?. Como ha hecho el fiscal Morton en Florida.