La Reina, mi hija y yo

Estos días se pone a la venta mi libro “Los 80 años de Sofía, esposa, madre y abuela”, con motivo de ese cumple, el próximo 2 de noviembre.

Me ha sido muy grato y al mismo tiempo doloroso retomar la biografía de la Reina Emérita, no como un cortesano o un hagiógrafo que solo cuenta lo que a la biografiada le pueda gustar leer, sino con lealtad, poniendo en conocimiento del lector lo que la Reina debe conocer y, a lo peor, no conoce.

Confieso que lo he escrito sin rencor intentando iluminar, sobre todo, las sombras de su vida privada, que también las tiene.

Porque de ella se conoce su faceta de Reina por encima de la de esposa sufridora y engañada, madre no siempre acertada ni mucho menos y mujer desgraciada.

Aunque mantengo todo lo que de ella he escrito en el libro que deseo tengan pronto en sus manos, tristes sucesos en la vida del autor, en los que la reina Sofía no supo, no quiso o no pudo atender, lastimaron para siempre mis sentimientos hacia su persona que, el paso del tiempo va mitigando aunque no borrando.

Difícil pueda hacerlo. Porque, cuando acudí a ella, no para pedir, sino buscando la terapia de un consuelo, no la encontré. Posiblemente y, en el mejor de los casos, digamos que por un “malentendido”. Dejemos no el beneficio sino el perjuicio de la duda que tanto lesionó mi afecto hacia ella. Que siempre lo tuve.

Todo sucedió cuando mi vida se vio truncada brutalmente al saber que Isabel, mi hija única, tan inteligente y bonita ella, y periodista como su padre, se encontraba, a pesar de su cultura, enganchada a la heroína.

Sabiendo que la Reina presidía una Fundación contra la droga, solicité una audiencia privada. No para pedirle nada, que nada podía darme en esas dramáticas circunstancias y momentos, sino buscando una respuesta creíble sobre los efectos de la droga que estaba matando a mi hija.

Pero no obtuve la menor respuesta. Solo una llamada del rey don Juan Carlos, a quien doña Sofía le había pasado mi carta. Y como ser humano con los sentimientos que le faltan a ella, me telefoneó entristecido por el drama que estaba viviendo.

El día que Isabel murió no solo conté con el muy sentido pésame personal del Rey, sino con la presencia del Jefe de Su Casa, mi paisano Fernando Almansa, en el misa de réquiem, de carácter privadísimo, oficiada por el padre Juan Ricardo Salazar Simpson, hermano de mi querida Felicidad Rato, en la cripta de la Iglesia de los jesuitas de la calle Serrano.

De la Reina, una carta de su secretario José Cabrera. Pienso que el terrible drama que yo estaba viviendo, y que acabó con la muerte de mi hija, se merecía algo más que una simple misiva de compromiso.