El último día que se vio vivo a Franco

Aunque el próximo 20 de noviembre hará ya… cuarenta y tres años de su muerte, estos días y gracias a Pedro Sánchez, Franco ha “resucitado”. Y, quienes ni sabían quién fue, hoy todo el mundo sabe ya quién era.

Lo que posiblemente nadie recuerde, con exactitud, el último día que se le vio, vivito y saludando, nada menos que desde la balconada del Palacio Real. Fue un dramático 1 de octubre de 1975. Le quedaban, exactamente… cincuenta  días de vida.

Aquella mañana, se había  convocado a los españoles adonde siempre: la plaza de Oriente, la plaza “del millón”, donde acudían los que allí cabían y que no eran más de cincuenta mil que ya son muchos.

En el balcón del Palacio estaba Franco, con todo su gobierno. Y hasta un cardenal, el primado de Toledo, el franquista monseñor Marcelo González. Solo faltaba el príncipe Juan Carlos, quien debió pensar que no era prudente, en aquellas dramáticas circunstancias, aparecer junto a Franco, respaldando, con su presencia, a un hombre que el mundo entero llamaba asesino y que encarnaba a un régimen en total descomposición, a un sistema que él iba a heredar y que se moría matando.
No le valió a don Juan Carlos la treta. El presidente Arias Navarro le mandó llamar. Pero no lo encontraban. El Príncipe estaba, en esos precisos momentos, ¡ya es casualidad!, sobrevolando en un helicóptero, la plaza de Oriente. Y del helicóptero, le ordenaron bajar. Cuando al fin llegó al Palacio Real, hacia ya algunos minutos que Franco estaba allí, en el balcón, diciendo su postrer adiós a sus seguidores, exaltados aquel día por la campaña internacional que, contra el dictador, se estaba orquestando.
Y mientras Su Excelencia estaba allí, agitando su manita parkinsoniana, ETA asesinaba a tres policías. Cuando regresó al Palacio de El Pardo y supo la noticia, ni el pulso se le aceleró. Se lo tomó su médico personal, el doctor Pozuelo. Tenía sesenta y dos pulsaciones. Solo le dijo: “Las tres familias de los guardias están tristes y solas.”
A Franco, lo que de verdad le impresionó y emocionó esos días, no fue haber firmado, como en sus mejores tiempos, cinco penas de muerte, ni saber que habían asesinado a tres miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado, sino conocer, al día siguiente que una vaquilla había matado a Antonio Bienvenida, durante una tienta en una finca de Amalia Pérez Tabernero, en El Escorial.
–         ¡Que pena! No he podido dormir en toda la noche. Era una buena persona, uno de los hombres que merecía conocerse. Los Bienvenida constituyan una familia ejemplar – le refirió al doctor Pozuelo, que les conocía muy bien.

 

Si todas las “salidas” de Franco pudieran recogerse y publicarse, constituirían un asombroso “bestiario” digno de estudio. A través de ellas seria muy fácil realizar un complejo retrato psicológico de Francisco Franco, ya que las respuestas ante cualquier tema o acontecimiento eran siempre insólitas, frías y calculadoras.
Nunca olvidaré cuando, durante una montería y en la soledad del puesto de caza, él y yo, me preguntó “Peñafiel, ¿usted cree que mi fotógrafo (amigo mío) es masón? Pero esa es otra historia que, a lo mejor, les cuento otro día…