¡Ay! Nueve bolsos parecen muchos bolsos

Esta semana, la Casa del Rey ha hecho públicas sus cuentas auditadas por la interventora Beatriz Rodríguez Alcobendas que, para eso, cobra 100.049,09 euros anuales.

Esta publicación ha sido decisión de Felipe para que el personal piense que su Jefatura del Estado es una de las más transparentes del mundo. Ya nos gustaría que la de su matrimonio también lo fuera. Pero, en ambos casos, va a ser más bien que no.

Este, al parecer, exhaustivo control afecta al de los regalos siempre tan polémico. No vale que se aclare que los 429 regalos recibidos el año pasado, entre Felipe y Letizia, fueron institucionales, pasando a ser  propiedad del Estado, en España, Patrimonio Nacional.
Se olvidan Felipe y la consorte, que no pueden, en modo alguno, recibir presentes a nivel personal. Y si se los hacen, tienen obligación de declararlos haciendo pública no solo su procedencia sino su valor ¿Qué piensan, que se los hacen por sus caras bonitas y no por ser quiénes son?

Eso de que “tendrán consideración los regalos de carácter personal aquellos que no puedan incluirse en la categoría de regalos institucionales” no está nada claro. Y menos eso de “no superen los usos sociales o de cortesía”. Los nueve bolsos recibidos por Letizia el pasado año, ¿cómo pueden considerarse? Existen modelos de miles de euros. ¿Quieren que les cite modelos y precios?

El tema de los regalos, como el de los amigos peligrosos, siempre ha sido polémico. Al parecer, sigue siéndolo,  al ocultar los regalos personales.
En la época de don Juan Carlos, este espinoso y delicado tema fue, a lo largo de su reinado, objeto de todo tipo de comentarios y no precisamente positivos. Algunos, como el de los dos Ferraris del jeque de los Emiratos Árabes en 2011, el Bentley del Emir de Kuwait, el yate “Fortuna” del rey de Arabia Saudita o la villa “La Mareta” del rey Hussein de Jordania, de juzgado de guardia.
Lo grave del caso es que, en ningún momento, pensaron que o no podían aceptar tan valiosísimos regalos o, si lo hacían, tenían que pasar, inmediatamente, a Patrimonio Nacional. Pero nunca a la familia, con minúscula.

Como le sucedió a doña Sofía quien, con esa ingenuidad que le caracteriza siempre, creyó que La Mareta, el palacete en Lanzarote, regalado por el rey Hussein de Jordania, era un regalo, tan personal “que lo cedimos a Patrimonio Nacional. Era demasiado caro de mantener y, encima, pagar impuestos de transmisión para regalárselo a los hijos el día de mañana”   (“La Reina”. Plaza y Janes 1996).

La Jefatura del Estado español debería imitar a la de muchos países europeos y hasta americanos que han marcado un tope para los regalos. Aunque a ustedes les sorprenda, la Casa Blanca ha fijado, actualmente, en 20 $ el valor máximo de los regalos que se puedan hacer o recibir. En la Comisión Europea, el valor es de 150 euros. Y en Italia, sencillos y baratos, como la corbata que el Primer Ministro regaló a su homologo griego.

Afortunadamente, se abandonaron ya las alegrías del pasado donde el límite que separaba la cortesía de la corrupción era inexistente y dañaba tanto a quien lo hacía como a quien lo recibía.