El paripé real

El pasado viernes, horas después del lamentable y bochornoso espectáculo protagonizado por la Familia Real en la catedral de Palma de Mallorca, la periodista Pilar Urbano contactó con La Zarzuela, preguntando su opinión sobre lo sucedido. La respuesta fue recogida por el periódico El Mundo.

Después de reconocer que “aquello” no estuvo bien “hemos entendido y tomamos nota. Sería incomprensible que no se hiciera algo. La gente lo espera. Pero será algo natural, como natural fue la escena del vídeo. Es decir no se va a forzar ni a importar ni a organizar nada. Pero habrá una respuesta porque ha habido un suceso “inadecuado” de 8 o 10 segundos, pero lo ha habido”.

La respuesta anunciada el pasado viernes, no se hizo esperar, conscientes de que era urgente atajar el escándalo.
Cualquier cosa se podía esperar menos lo que se vio, el pasado sábado a las 18 horas, cuando doña Sofía, su hijo Felipe y la nuera Letizia llegaban al Hospital Universitario Sanitas La Moraleja.

Él, al volante; su inefable esposa, en el asiento del copiloto; la Reina Emérita, en el asiento posterior.
Hasta aquí, todo, poco más o menos, normal dentro de la anormalidad que se vivía después del incidente de la catedral.

Ignoro quién o quiénes han sido los “genios” que organizaron la ridícula operación “reconciliación” y lavado público de la Familia. Porque ridículo y sorprendente fue, ver a una diligente Letizia descendiendo, como una centella, para… abrir la puerta del coche a su suegra. Tal cosa no ha hecho, nunca, ni el rey Juan Carlos con su esposa, ni Felipe con la suya. Para eso están los escoltas, pienso yo.
No era necesaria tal humillación. Pero… si queréis que me humille públicamente, que me ponga de rodillas… lo hago.  Eso parecía preguntar Letizia, al tiempo que mantenía sujeta la portezuela del coche del que descendía doña Sofía, sin mirar al improvisado postillón o “gorrilla”, como dicen en Andalucía.
El paripé me ha recordado, por su carga de gratuita humillación, a la que Rafael Spottorno y Javier Ayuso sometieron al rey Juan Carlos, en otro hospital. Le “obligaron”,  como hoy a Letizia, no sólo a pedir perdón por lo de Boswana, sino algo peor incluso que lo de la consorte, prometer no volverlo a hacer.
Ignoro si la inefable ha prometido, también, comportarse, al menos públicamente, más respetuosa con su suegra.
Aunque a ustedes les sorprenda, en este caso la humillación a Letizia me pareció gratuita y el paripé real, como si los españoles fuéramos menores de edad. Mejor haberlo dejado, porque hay cosas que con azúcar están peor, e intentar comportarse, todos, con ejemplaridad, al menos públicamente, razón fundamental de la existencia de las Monarquías.

Solo me queda hacer la pregunta que me han transmitido algunos lectores: ¿fue informado don Juan Carlos, que estaba en la UVI, de la llegada de este trío?

Ello me ha recordado aquella otra ocasión en la que, estando el Rey, también, en el hospital convaleciente de la caída en el safari sudafricano, a doña Sofía no se le ocurrió otra cosa que llevar a toda la familia, incluido Iñaki Urdangarin, a ver a papá.
Nunca se vio mayor tensión familiar (ríanse ustedes del incidente en la catedral de Palma) con una reina ofendida por lo de la “entrañable” acompañante de su marido en Boswana; un Rey, avergonzado; un Iñaki a quien no se le permitió acercarse al lecho del dolor del Rey; a un Felipe intentando evitar al cuñado y a una Letizia cabreada por la presencia de Cristina, la cuñada, apoyada en el quicio de la puerta de la habitación y la mano en la cadera gritando “¡Vámonos, ya!”. (Me lo contó una sanitaria testigo de aquella surrealista visita familiar).