Patricia no lleva razón

“Ser periodista, en esta época, es difícil. Rara vez puedes sentir orgullo de la profesión”, escribía el pasado sábado la compañera Lucía Méndez en El Mundo. Lo hacía a propósito de un desagradable incidente entre Patricia Ramírez, la madre coraje del malogrado pequeño Gabriel, y un periodista.

El asesinato del niño por la pareja de su padre, representación de la peor madrastra del cuento, nos ha conmovido a todos. Y a toda la prensa española que, sin distinción, se ha volcado mañana, tarde y noche durante los doce días en los que se creía le habían secuestrado cuando, en realidad, estaba muerto, asesinado.

Entre los cientos de periodistas que informaron a pie de noticia, se encontraba Manuel Vilasero, de El Periódico de Cataluña que lo hacía, como “amigo de la familia”.

Según aclaró Patricia en el programa de Ana Rosa en el que también se encontraba el citado periodista, “ni es amigo de la familia ni ha respetado a la familia. Antes de haber hecho cualquier intervención, deberías haberme llamado. Nos ha dolido y decepcionado. Intentábamos poner el foco en otro sitio y el lo ponía donde no lo tenía que poner”.

Respetando el profundo drama familiar por el asesinato de su hijo y el más íntimo y desgarrador por la mala elección sentimental o lo que fuera, de su ex marido, liándose con una ex prostituta y asesina, pienso que Patricia se ha equivocado en su enfrentamiento con el compañero. Y mucho más cuando nos ha pedido “ética”.

Me extrañó que ni Ana Rosa ni ninguno de los periodistas presentes en el programa salieran, si no en defensa del compañero, sí de la profesión. Pero ya se sabe lo poco o nada corporativo que es este oficio del que, como dice Lucía Méndez, “difícil es sentirse orgulloso”.

Disculpo la ignorancia de Patricia Ramírez sobre el ejercicio de la profesión periodística pero no puedo por menos decirle, con el afecto y respeto por su tragedia, que no tiene ni la menor idea de la obligación de todo periodista. Incluso, cuando se encuentra ante una tragedia como el brutal asesinato de su hijo.

Aunque confesaba que el periodista “no era amigo de la familia”, por otro lado dice que el enviado especial de El Periódico  “antes de haber hecho cualquier intervención, debería habernos llamado”.

Estimada señora mía, reconozco que no se encuentra en la mejor situación para opinar como tiene que comportarse un periodista. Eso entra dentro de su ética y de su independencia. Y en modo alguno comentar lo que va a decir o a publicar. Y mucho menos pedir permiso.

Esto me recuerda lo que la inefable Letizia me dijo en mi primer encuentro-desencuentro: “Antes de hablar o escribir sobre la Familia Real… llama primero a La Zarzuela”. Precisamente, es donde no hay que llamar, querida, le respondí.

Otra obligación de un periodista, de un enviado especial, es buscarse la información por su cuenta. Y si puede anticiparla y anticiparse a la competencia, mejor que mejor.

La estimada Patricia descalifica al compañero de El Periódico, reprochándole que, mientras los investigadores “intentaban poner el foco en otro sitio, él lo ponía donde no lo tenía que poner”.

Es la obligación de todo periodista. Cientos de ejemplos podía poner. Muchos de ellos, en la memoria de todos. Periodistas ha habido que, incluso, se han hecho pasar por lo que no eran para conseguir una exclusiva, comportándose como periodista que es.

PD.: a propósito de los ataques de que he sido objeto por mi anterior artículo sobre el 11M y la boda de Felipe y Letizia, tengo que testimoniar a “Chamorro Curuxeiras”, “Eugenio” y “Tony Teacher” mi gran sorpresa por la falta de respeto de ustedes a la memoria de las 193 víctimas del mayor atentando terrorista sufrido en España. Pienso que la Familia Real debería haber tenido una mínima sensibilidad y retrasar la boda. Y los novios no pasar por el dramático escenario sin detenerse y sin dirigir una simple mirada, cuando el ramo de flores debería haber sido depositado ahí y no en la Basílica de Atocha.

Estimados lectores,  me sobra vergüenza, dignidad, respeto y, sobre todo, libertad para expresar lo que siento. Si a ustedes les desagrada… lo lamento. También quiero decirles que jamás he estado al servicio del “shah y sus concubinas”, como uno de ustedes dice.