¡Nunca lo entendí!

El pasado domingo hizo ya 14 años del mayor atentado de la historia de España. Los ciento noventa y tres muertos y los mil quinientos  heridos siguen golpeando nuestra memoria no sólo cada 11M sino todos los días de todos los años.

Desgraciadamente, esta tragedia nacional siempre irá unida al recuerdo de una boda real que ¡nunca! debió celebrarse en la fecha elegida, 22 de mayo, por su falta de respeto a las víctimas y a sus familiares. ¡Nunca lo entendí!

Tampoco que, aquellos días, Letizia viajara a Barcelona para someterse a una de las pruebas de su traje de novia que, el gran Pertegaz, había recibido el encargo de realizar. Fue su última obra aunque no la mejor. Muchas eran las personas de la familia que metieron “la mano” en el vestido hasta el extremo de que el lucido por la novia no “era” un Pertegaz.

Tampoco entendí ¡nunca! de quién fue la idea de que los novios, Felipe y la inefable Letizia, en su recorrido por las calles de un Madrid lluvioso, triste y dolorido, pasaran por Atocha, precisamente por el escenario del brutal atentado en el que se levantaba el monumento al recuerdo.

Aunque se hizo siguiendo la tradición de acudir a la Basílica de Atocha para depositar el ramo de flores de la novia, el Rolls- Royce descapotable, en el que realizaban el “triunfal” recorrido, ni se detuvo ni los novios dirigieron una mirada al escenario del crimen.

Lo obligado, lo correcto hubiera sido depositar aquellas flores, no ante la Virgen, que lo hubiera entendido, sino en la Estación de Atocha. Las ciento noventa y tres víctimas lo merecían.

No puedo por menos que recordar el atentado que los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia sufrieron, el 31 de mayo de 1906, día de su boda, en el Templo de los Jerónimos, cuando, en carroza, regresaban al Palacio Real para asistir al banquete.

Con una falta total de sensibilidad, como demostraron Felipe y Letizia y, a pesar de los veintinueve muertos por la explosión de la bomba que Mateo Morral arrojó desde un balcón envuelta en un ramo de flores (ciento noventa y tres muertos en Atocha), los novios se sentaron a la mesa con sus invitados reales, la reina con su traje de novia manchado de sangre. Como Jackie Kennedy el día que asesinaron al Presidente.

Noventa y seis años después, se repetía la historia. Tras el recorrido, no precisamente triunfal, Felipe y Letizia se sentaban a la mesa en el mismo Palacio Real que su bisabuelo, para celebrar la boda después de haber pasado por el escenario en el que perdieron la vida, no veintinueve personas sino ciento noventa y tres. ¡Qué triste fue todo!