Sólo queda… Felipe

Tres eran tres, no las hijas de Elena, sino los hombres que se acuestan con la reina, bautizados con el nombre de consortes.

Nada que ver con la mujer que se acuesta con el rey, sin más obligaciones que seguir casada con él, con el mismo estatus hasta que la muerte o el divorcio los separe.

Estos días y a propósito de la muerte del príncipe Henrik de Dinamarca, que tuve la oportunidad de conocerle y entrevistarle en varias ocasiones, se ha escrito mucho sobre estos hombres a quienes las monarquías discriminan cruelmente, impidiéndoles, incluso, llevar el nombre de la esposa.

Sólo se les acepta como el hombre que, por matrimonio, tienen el deber de acostarse con la reina y depositar el semen en su vagina para darle, con o sin amor, el heredero que perpetúe la Institución. Si además nace varón, su misión, como consorte, está cumplida.

Hasta hace poco en Europa existían tres consortes: Felipe de Edimburgo, que lo sigue siendo de la reina Isabel de Inglaterra; Claus von Amsberg, que lo fue de la reina Beatriz de los Países Bajos y el fallecido Henrik de Monpezat de la reina Margarita de Dinamarca. Cada uno con su drama.

Si triste ha sido el final del príncipe danés, no menos lo fue el del príncipe holandés. No era tan brillante, locuaz y arrogante como Felipe. Ni tan elegante y mundano como Enrique. Pero, a diferencia de estos dos, Claus fue, hasta su desgraciada muerte, un hombre honrado, fiel, leal, honesto que siempre supo estar en su sitio aunque, al final, no supiese cual era este. El proceso para su aceptación fue muy duro, pero nadie advirtió el daño causado en su alma.

El cambio de príncipe a consorte real fue traumático. Mientras su esposa, la reina, aparecía llena de entusiasmo y energías sin límites, Claus se sentía inútil y aburrido. Después de haber dado un heredero, su vida ya no tenía sentido.

Al igual que los otros dos, había cometido el error más grande que puede cometer un hombre: enamorarse, casarse y convivir con la mujer equivocada. Cuando falleció, el 6 de octubre de 2004, a los 76 años, no sabía ya quien era ni quien había sido por culpa del protocolo, tan cruel e inhumano con los príncipes consortes.

Felipe, el superviviente de estos tres, utilizó, desde el primer día, su cáustico sentido del humor para protegerse y sobrevivir a la sombra de su esposa, la reina, sin perder su personalidad pero, sobre todo, su dignidad.
La reina Isabel lo entendió muy bien cuando reconoció a quien, de forma velada y sutil, le hizo ver que su esposo tenía aventuras extraconyugales.  “Yo, a mi esposo, no le pido fidelidad sino lealtad necesaria para llevar adelante esta empresa que es la de reinar”.

En España no hay consortes reales aunque si reina “consuerte”. ¡Menuda tuvo la periodista, nieta de taxista e hija de enfermera sindicalista! No así los consortes de segunda, Iñaki Urdangarin y Jaime Marichalar. El primero más frío, ambicioso y calculador. El segundo: más artista, más fashion, más frívolo. Aunque, al principio parecía que Urdangarin había ganado y Marichalar, perdido, en el fondo, perdieron los dos. Jaime divorciándose de su esposa, la infanta Elena; Iñaki de la familia.

Lo que siempre he pensado: ser consorte es una maldición.