Soplando la sopa

Las parodias y las caricaturas son las críticas más penetrantes, decía Aldous Huxley. Por eso, no tiene nada de extraño el impacto que, en la opinión pública, ha tenido el vulgar montaje de la comida familiar en el comedor del Pabellón, residencia oficial del Jefe del Estado. El Palacio de La Zarzuela lo es de los reyes don Juan Carlos y doña Sofía. Cada uno en sus apartamentos.

La sopa de verduras ¿como único plato? fue el menú elegido por mamá, continuación del que ha impuesto en el colegio de Los Rosales contra la opinión de algunos padres.

Por varios motivos. Primero y principal porque no se ha consultado con ellos. Segundo porque desean para sus hijos, que ya no son niños pero tampoco adolescentes, que en las comidas en el colegio figuren hidratos de carbono (pastas, arroces, patatas) y proteínas (carne, huevos, legumbres) y no sólo acelgas, zanahorias, cardos y espinacas.

Me gustaría conocer la opinión de los cocineros de la Casa Real sobre estos menús impuestos por la consorte que, en las imágenes difundidas estos días pasados, aparece contemplando la sopa con extraña expresión mientras su hija Sofía, víctima de disfagia, intenta tragar la dichosa sopa bebiendo agua que ya es difícil. Ni una triste Coca-cola sobre la mesa. En la fotografía, imposible ver si todos acabaron la triste sopa de verduras o minestrone.

Manuel Vicent, en su columna en El País, a propósito de la mise en scène, expresión francesa creada a mediados del siglo XIX, referida a un montaje o representación teatral, escribe que “la sopa a todos nos iguala”. Aunque se trate de una “sopa regia”.

Pienso que la ofrecida en el montaje palaciego con motivo del paso del Ecuador de Felipe, fue una sopa boba, ese bodrio gastronómico que se servía a los peregrinos y que a Leonor y a Sofía no parecía agradarles. Y encima … ardiendo lo que hizo que a mamá se le viera el pelo de la dehesa al intentar corregir a una de las niña que hacía lo que todos  cuando nos obligan a tomar una sopa bien calentita: soplar.

Letizia debía saber que la educación debe buscar su camino entre permitir y prohibir. En esta ocasión ni una cosa ni otra. Porque lo único que se le ocurrió, cuando vio que a Leonor parecía quemarle la dichosa sopa fue, no aconsejarle sino ordenarle, lo que nunca un comensal debe: “Pero sopla, hija”.

Querida, ni soplar ni sorber se debe en la mesa. Es la prueba del algodón de las buenas maneras. Ya lo dice el refrán español: “soplar y sorber, no puede ser”.