No ha estado bien

El tormento de la ausencia es peor que el de la presencia. En el caso del funeral de Carmen Franco, ha sido el peor de los males.

Desconozco quién decidió que nadie, absolutamente nadie, de la Casa Real acudiera al templo de San Francisco de Borja, en la madrileña calle de Serrano y a tan sólo unos metros de Hermanos Bécquer, su hogar desde que se casó y donde falleció.

Mal estuvo. Muy mal. No sólo porque se trataba de la hija única del anterior Jefe del Estado a quien, a nivel personal, el rey don Juan Carlos debía tanto. También porque Carmen “jugó un papel fundamental cuando su padre le encargó custodiara el testamento en el que escribió de su puño y letra el nombre del sucesor”, según un amigo de los Franco a la compañera Consuelo Font.

Por otro lado más personal, doña Sofía le distinguió siempre con su amistad. Y se interesó, llamando cuando supo lo del cáncer que ha acabado con su vida. Además, no hay que olvidar se trataba de la abuela del sobrino, Luis Alfonso de Borbón.

Y, si no fueran ya suficientes los motivos, Carmen  dejó bien claro, cuando le comunicaron la inmediatez de su final, que “Aquí estoy. Dispuesta a recibir aquello que Dios disponga. Reivindico mi nombre porque no quiero ser juzgada por la vida de mi padre, ni de la de mi marido ni la de mis hijos. Soy Carmen. Nada más”.

Estas palabras debían haber sido suficientes para que la Casa Real decidiera estar representada en el funeral celebrado ante 1.500 personas, entre ellos muchos aristócratas nada sospechosos  con el franquismo  como los Martínez de Irujo, Baviera, Jesús Posadas expresidente del Congreso, Emilio Ibarra, Pepe Barroso y muchos otros. Sorprendidos, cuando no indignados, de que nadie, absolutamente nadie de la Familia Real, se hubieran dignado a estar presente ese día. No se entendía este desprecio.

Al parecer, ser hija de quien fue, ha debido pesar mucho en la Casa Real. Ignoro quién o quiénes tomaron tal decisión. Y quién y quiénes deciden dónde tienen o no que asistir los Reyes Eméritos.  Pienso que, independiente de Jaime Alfonsín,  Jefe de la Casa del Rey,  o  Domingo Martínez, el teniente general de la Guardia Civil, secretario  general de la Casa y número dos o el diplomático Alfredo Martínez, secretario de Letizia, es Felipe VI el que tiene la última palabra. Quienes, desgraciadamente, no tiene ninguna son don Juan Carlos y Doña Sofía.

Quien haya sido, que asuma la responsabilidad de haber hecho un daño tan gratuito no tanto a la familia y a la memoria de Carmen sino a la propia Familia Real. Ya lo decía el general Sabino: los Borbones siempre son muy desagradecidos.