Cuando peco y cuando me equivoco

Los lectores de esta columna saben que soy un periodista de tan larga trayectoria que, como diría un clásico, “cincuenta años profesionales me contemplan”.

Durante todo este tiempo “a palacios subí y a cabañas (léase minas) bajé y, en todas partes, grato recuerdo dejé”. Porque, como buen periodista que soy (con perdón), he sabido rectificar cuando me he equivocado (las menos) al igual que cuando peco (las más) me arrepiento.

Pero como escribo, no para mí, sino para los lectores de REPUBLICA.COM, tengo la obligación de explicar el contenido de mi anterior artículo que, por diversos motivos y contenido, no ha gustado. También mal interpretado por algunos de mis lectores.

Se trataba de la continuación del anterior, a propósito del 50 cumpleaños de don Felipe y las circunstancias que rodearon el embarazo de su madre. El golpe de los coroneles, la caída de la Monarquía griega y la proclamación de la República.

Me pareció obligado recordar todo esto, para entender la actitud de la reina al encontrarse, años después, con el Presidente Karamanlis que tanto tuvo que ver en el derrocamiento del rey Constantino. A mi juicio y esto no me lo podrá discutir nadie, no fue el que se esperaba de la profesionalidad de Doña Sofía. Se lo reconoce la lectora “Mariangeles” al lector “Chimo”, tan critico él con este columnista. “El trato a un jefe de Estado no fue correcto por muy mal que le cayera el señor Karamanlis”.

El lector “Carlos Pérez” me acusa de resentimiento cuando escribo sobre la Reina Emérita. “¿Nunca va a ser capaz de perdonar y olvidar que los Reyes no fueran, en persona a salvar a su hija?, ¿es que, acaso, es usted diferente y tiene más derechos que los demás? ¿Pensaba que por ser usted se lo iban a resolver todo?…

También “Camelia” cuando escribe “se la tiene guardada a la Reina Emérita desde que le fue a pedir ayuda para su hija. Pretendía tratamiento y ayuda Vip”…

Me parece mezquino y cruel por parte de los dos lectores de esta columna, poner el dedo en la herida que, tan fácilmente, se abre. Porque de la muerte de una hija nunca, jamás, un padre se recupera. Soy un ser humano, un padre que ha tenido la desgracia de sobrevivir a su única hija. Lo normal es que Isabel me hubiera enterrado y no hacerlo yo a ella. Esto me ha marcado para siempre.

Reconozco con Carlos que, en aquellos trágicos momentos, pude parecer injusto con doña Sofía. Pero vivía una situación límite buscando, no un tratamiento Vip para salvar a mi hija, que nadie podía, sino gritar mi dolor con alguien que, por presidir una fundación contra la droga, estaba en condiciones de escucharme y entenderme. Como una terapia a la situación que vivía. Sólo eso.

Por ello me parece gratuito el comentario de “Antonio Diego” al considerar mi artículo como una  venganza. ¿Venganza de que, querido?

Sólo queda, estimados lectores, que lamentar, no la historia de la Reina y el Presidente griego, sino la desafortunada frase final, que no es mía, por cierto, “bastante grosera”, como me recuerda “Chimo” y un poco “machista”, a juicio de “Tony Teacher”.

Agradezco a “Rosa del Cairo” sus elogios y procuraré no parecerme “a nuestro rebaño político”. Tampoco tiene razón “Amboage”, cuando comenta que “la Casa Real  sea mi única obsesión”. Simplemente es un tema en el que me he especializado. Así de sencillo. Nada que ver con pretendidas “venganzas”, “rencores”, etc. etc. Como otros periodistas lo hacen de la política, el deporte, los toros, el PSOE o Ciudadanos.

Y “Chimo” se equivoca conmigo, una vez más, al escribir que yo no perdono a la Casa Real que “no me dejaran ser cortesano”. ¡Pero hombre! soy de los pocos  periodistas que presume no sólo de no serlo sino que critica a los que, en el besamanos real, reverencian a Felipe y hasta a Letizia, inclinando la cabeza ellos o haciendo ridículos plongeon, ellas. Sobre todo las del PP.

No olviden los lectores de REPÚBLICA.COM  que soy un periodista que ¡¡¡nunca!!! miente aunque alguna vez me equivoque y meta la pata, como en esta ocasión. Pero presumo de valer más por lo que silencio que por lo que cuento. Ellos lo saben.