Carta a mis lectores más críticos

Quiero aprovechar estos días navideños y de fin de año no sólo para felicitar a los lectores de República.com en general y a los de esta columna  muy en particular. Pero, sobre todo, a aquellos que, semana tras semana, me hacen llegar sus opiniones  y sus comentarios sobre lo que escribo.

A veces, las reflexiones o ciertas e inteligentes reflexiones me obligan a cambiar de opinión como de camisa. Es una cuestión de limpieza, porque las  opiniones  no se deben combatir sino por medio del raciocinio, aceptando que, sobre algunos temas, como la Monarquía Española, suele haber tantas opiniones como hombres. O mujeres.

Mark Twain decía que “no sería deseable que todos pensáramos igual”. La diferencia de opiniones es lo que obliga a esta columna.

“Alfonso A.” Me hace llegar su cansancio por el hastío que le provoca mi obsesión con Letizia y mi “inquina” que no acaba de entender aunque piensa “que vende y crea polémica”. Aunque tiene la  sinceridad de reconocer que “afortunadamente es un disfrute para mí” ¡Menos mal!

Y “Mario” quien “por una vez totalmente de acuerdo con usted excepto en lo del abuelo taxista. Dejemos a los muertos descansen en paz. Ninguna culpa tuvo de que su nieta sea como es, más Ortiz que Rocasolano”.

Alfonso A coincide con varios lectores, que “Es muy penoso ver cómo emplea la profesión del abuelo de Letizia como un elemento de minusvaloración que invalida el grueso del artículo”.

Y “Mario” pone el dedo en la llaga con esta inteligente reflexión: “lo que sucede a esta mujer (Letizia) es que no es capaz de tener su propio estilo con su carácter variable: hoy voy de profesora, mañana de vedette; hoy estoy contenta, ayer estaba enfurruñada”.

“Mariángeles” está de acuerdo con varios comunicantes sobre los gastos de Letizia, “pero me molesta bastante los comentarios parciales del señor Peñafiel: nunca he leído nada sobre los gastos de la anterior Reina sobre sus viajes a Londres, a USA, a la India acompañada siempre de su hermana”.

Y “MadridCarmen”: “De acuerdo en todo con usted señor Peñafiel excepto en lo de recalcar, una y otra vez, lo de “nieta de taxista”. ¿Es mejor ser hijo de padre con “amigas entrañables” por decirlo finamente?”

Por último, Alfonso me anima a que, en el próximo artículo, escriba sobre los supuestos hijos ilegítimos del Rey emérito. Y “El Elector” cambia de tema para criticarme que haya escrito en esta columna sobre el Pazo de Meirás y los herederos de Franco que pueden seguir disfrutándolo porque “ellos no tienen la culpa”.

Aunque, a veces, es uno tan distinto de sí mismo como de los demás, voy a intentar explicar a mis lectores más críticos, el por qué de mis comentarios, de mis fijaciones o de mis “inquinas”,  según el comunicante Alfonso A.

Creo obligado manifestar, por si los lectores no lo saben, que este columnista no es ni ha sido nunca monárquico. A lo sumo, “juancarlista”. Como millones de españoles. Pero, desde que don Juan Carlos abdicó o le abdicaron, ya no sé lo que soy.  Simple y sencillamente un español, un periodista independiente para quien, Felipe, es el Jefe del Estado. También lo era don Juan Carlos. Lo de Rey… para los monárquicos.

Siempre he sido respetuoso con la Institución y con quienes la encarnan. Pero exijo que quienes la encarnan, quienes la representan sean ejemplares. O lo parezcan. Todo para ellos son privilegios con pocas obligaciones. Por lo tanto, hay que ser críticos y vigilantes con sus comportamientos.

Siempre admiré y respeté a Don Juan de Borbón, conde de Barcelona. Por su coherencia vital. He dicho y escrito que, de haber vivido,  Felipe nunca se hubiera casado con Letizia. En este terreno, el padre de Don Juan Carlos tenía las ideas muy claras. En algunas cosas. En otras, no tanto.

Con destino a su nieto, el actual Jefe del Estado, Don Juan dejó escrito una serie de consejos, a propósito de su futuro sentimental, y que Alfonso Ussía llegó a publicar, en 1996, en su columna de ABC con el título “El Príncipe no es libre”. Mis críticas a Letizia no me las achaquen a mí sino a lo que el Conde de Barcelona exigía, tanto a su nieto como a la mujer con quien contrajera matrimonio.

Sólo con el ánimo de que mis lectores, sobre todo los más críticos, entiendan las opiniones en mis columnas, voy a recordar los sabios consejos de aquel gran hombre que, siendo hijo de Rey, padre y abuelo de Rey, nunca… fue Rey.

Estos consejos los dictó Don Juan a propósito de las relaciones que, el entonces príncipe Felipe mantenía con Isabel Sartorius, esa joven a la que últimamente se la está relacionando con  el expresidente de Telefónica, César Alierta.

“Los que animan a mi nieto a mantener relaciones con esa chica tan simpática, la destrozaran en su primer fallo, porque no está educada ni preparada para ser Reina”.

Según el Conde de Barcelona, su nieto debía saber que “no puede ser libre para elegir a su futura esposa porque esta será  la Reina de España y su libertad de elección está limitada”.

Negarle la libertad para casarse con quien quisiera era muy duro. Más propio de otras tiempos, pero, sobre todo, de matrimonios de Estado que ya no se llevan.

Cierto es que el abuelo aceptaba que “el Príncipe se casará con quien tenga que casarse. Lo tiene muy claro”, por supuesto. Pero “hacerlo por encima de cualquier inclinación  eventual” no debería.

El abuelo paterno llevaba mucha razón y demostraba conocer a los españoles cuando dejó escrito: “Un español siempre encontrará un argumento para justificar un error personal del Rey, pero es mucho menos generoso con los tropiezos o el pasado de la consorte”. Lo estamos viendo. No se le perdona a Letizia su pasado. Continuamente me estoy refiriendo a este pasado. Posiblemente porque me es muy difícil olvidar las palabras de Don Juan a propósito de esta circunstancia: “Una reina no puede tener pasado porque este estará siempre presente”.

Cierto es que la biografía de Letizia es como la de Jesucristo: sólo se conoce a partir de los… treinta años. Casi los que tenía cuando se casó con Felipe. Para los españoles y por “orden real” aquel día, la prometida del Heredero ni había esta nunca casada y por lo tanto no estaba divorciada. Tampoco había tenido amores ni amoríos y por supuesto maternidades interrumpidas.

¿Sabían ustedes, estimados lectores, que Felipe y Letizia acudieron a los preceptivos cursillos prematrimoniales? ¿Y que estos fueron impartidos por el arzobispo castrense Monseñor Estepa? ¿Y que, cuando este le preguntó  a Letizia, “cuando usted se casó con Alonso Guerrero lo hizo en una ceremonia civil ¿por qué ahora lo hace por la Iglesia Católica?”.

Los comentarios a su respuesta los dejo para mis lectores, sobre todo a los más críticos:

“Porque cuando conocí a Felipe, vi la Luz de la Fe Católica”.

Este columnista desea, sinceramente y de corazón, que esa luz que Letizia vio cuando conoció a Felipe no se extinga jamás. Que ilumine, no tanto la Fe Católica, que es un sentimiento íntimo, sino el amor. Porque el infierno, queridos, es no amar, la última palabra de todo. Y que el tiempo no haga perder el amor. Que así sea. Se lo deseo en estas Navidades también a ustedes.