La culpa no la tiene ella

Cuando aún no se habían extinguido los ecos de la polémica actuación de Letizia, durante su estancia en el México de sus amores,  la consorte vuelve a dar la nota.

En esta ocasión, no por  su comportamiento cuando presidía la Cumbre Mundial de Líderes contra el Cáncer, marcándose unos pasos de baile, pero que muy chulos, como una gachupina picantona, con un cantante rapero que la agarró por el hombro desnudo. Y, además, en presencia del propio presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, que no daba crédito a lo que estaba viendo. No por eso. Esta semana, el motivo ha sido su polémico y ridículo atuendo, luciendo piernas y brazos, de los que parece estar orgullosa, en un acto al que también asistía Felipe.

Se trataba de un modelito mini, muy mini, de volantes blancos, estilo charlestón, que dejaba ver, en toda la  extensión su bien tonificadas piernas, sus hombros y brazos musculosos. “A costa de levantar ampollas entre los partidarios de un mayor decoro regio", como escribía mi compañera Consuelo Font en la Otra Crónica de El Mundo. A lo peor, querida, es lo que ella, con esta falta de pudor,  pretende. Y todos caemos en su provocación. Unos para alabarla; otros, criticarla.

Reconozco que no somos justos en nuestras críticas. Y, además, no lo hemos sido nunca, centrando nuestros comentarios y descalificaciones sobre Letizia cuando el único responsable de las polémicas actuaciones de la consorte es... Felipe. Posiblemente, porque carece de la mínima influencia sobre su esposa. Incapaz de reconducir su manera de ser y de comportarse.

Estarán de acuerdo conmigo, no ser de recibo que cada comparecencia de la consorte, en solitario o acompañándole, la atención se centre, tan sólo, en ella.

Nadie entiende como el  pasado miércoles, en la entrega de los premios de periodismo "Francisco Cerecedo", Felipe no le advirtiera, al verla vestida de tan ridícula manera, demasiado corta para su edad y categoría "Así, no puedes ir".

Bien sabía él lo que iba a suceder. Porque "nada más desprenderse de su capa negra, todos los presentes se quedaron obnubilados”, como reconoce Consuelo.

Pienso que Felipe ha perdido la batalla. Y la perdió el 6 de noviembre de 2003, cuando, en el transcurso de la ceremonia de pedida en el Palacio de El Pardo, Letizia se revolvió, sin poder contener la contrariedad por el atrevimiento de Felipe de interrumpirle su parlamento, para  decirle con nada disimulada ira "¡Déjame terminar...!"

Era la primera vez que esto le sucedía a él y, además, en público. Aunque lo disimuló con una forzada sonrisa, se sintió muy mal. Ese día y ante la prensa del mundo entero, Letizia demostró que, independiente de ser una mujer de fortísimo carácter, es... una mandona.

Que puede ser un defecto o una virtud. Depende del momento. En aquellos y en presencia de los Reyes y de toda la Familia Real, demostró que los pantalones le sientan pero que muy bien. En El Pardo se manifestó tal cual es. Porque no sólo le hizo callar sino que tampoco tuvo inconveniente en interrumpirle, otra vez, cuando intentaba hablar de los regalos apuntándole: "¡Ahora... dilo!".

Ese día, Felipe perdió y Letizia... ganó. De todas formas la culpa de su comportamiento la tiene él y sólo él incapaz de reconducir ese carácter que amenaza con acabar con el matrimonio o con la Monarquía que es peor. Y somos injustos culpando siempre a ella.