La soledad de la libertad condicional

Este era el título de la crónica de la compañera Marina Pina en La Otra Crónica de El Mundo del pasado sábado, sobre la salida de la prisión de Soto del Real, del expresidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González. Un título elocuentemente expresivo de la situación por la que va a  vivir.

Seis meses y dieciocho días privado de libertad han sido, más que suficientes, para conocer, no sólo la soledad que le espera en esta libertad condicional que ha empezado ya a sufrir, una soledad librada de la angustia de la soledad carcelaria, sino la ingratitud humana y la actitud de esas amistades de corte en una sociedad de lobos con  fe de zorros. Ignacio debería tener presente que nosotros hacemos nuestros amigos y nosotros hacemos nuestros enemigos.

La querida compañera Marina escribía en su crónica  que “muchos de aquellos que antes le mostraban su apoyo, ahora ni le han llamado para interesarse como está”.  Pienso que más que acumular dinero, el expresidente madrileño debería haber cuidado en elegir a sus amigos. Y si a los amigos les conocemos en la adversidad, al parecer no tiene ninguno.

Nacho debe aceptar que, en las circunstancias de una libertad condicional por un asunto tan feo, la mayoría de los que antes consideraba amigos, desaparecen. Y no tiene por qué sorprenderse ni deprimirse que algunos que, en su día, fueran colaboradores, cuando no cómplices, teman detenerse para hablar, incluso para echarle el teléfono.

Dicen que la gran decepción ha sido Edmundo Rodríguez Sobrino, un amigo y colaborador, que le ha traicionado para salvarse pero, sobre todo, salvar a su hija. Lógico.

No quisiera que nadie interpretara esta crónica como un alegato en defensa de Ignacio González. Ni mucho menos. Además, ni le conozco personalmente. Pero me gusta practicar esa norma que me inculcó mi abuelo materno que era magistrado: “odia el delito y compadece al delincuente”. En este caso presunto. Además me impresionó verle salir de la cárcel  derrotado físicamente. Él, siempre tan elegante y tan pinturero. Cierto es que sólo he visto a una persona abandonar la cárcel con el mismo aspecto con el que  entró: Mario Conde.

El ingreso en prisión de un padre, de un esposo o un hijo es una de las tragedias que puede sufrir una familia. En el caso de Nacho, la detención del político afectó no sólo a sus hijas, tuvo que suspender la boda de una de ellas, sino también a su padre quien, con 91 años, se encuentra investigado, lo que es una crueldad.

¿Y Lourdes Cavero, la sufridora esposa de Ignacio? “Ella, ahora que él está en casa, intenta dar imagen de tranquilidad y normalidad”, aunque se trata de mantener el tipo. No olvidemos que le han dado tan sólo una libertad… condicional.  Por ello,  ya nada será igual que antes. Les esperan largos meses de tinieblas, de pruebas y de tribulaciones. De sinsabores y decepciones está lleno su futuro. El único elemento que puede sustituir la dependencia de ese pasado por el que ha  estado en la cárcel y está en libertad condicional es la dependencia del futuro que diría John Dos Passos.

A Ignacio González, expresidente de la Comunidad de Madrid, solo le quedan tres salidas: arrepentirse del pasado, aburrirse del presente y temer el futuro. Tal es… su vida.