Doña Sofía y su mejor recuerdo amoroso

Este jueves  tendrá lugar en Bangkok un fastuoso funeral real por Bhumibol, el soberano tailandés fallecido, el 13 de octubre de 2016, a la edad de 88 años. Es costumbre del país asiático guardar un año de luto. Transcurrido este, se celebran las exequias de Estado.

Aunque representando a todas las casas reales  del viejo continente acudirán  las consortes Máxima de los Países Bajos, Matilde de Bélgica y Silvia de Suecia, La Zarzuela, consciente de que Letizia no se encuentra cómoda entre las representantes  de las cortes europeas, ha decidido que sea  doña Sofía quien represente a su hijo en los funerales.

Para la reina emérita  la capital tailandesa  figurará siempre como el escenario de su mejor recuerdo amoroso. A lo peor, el único.

Como ya me he referido a ello alguna vez, me lo relató ella misma en los jardines de la embajada de España en Bangkok, el 18 de noviembre. de 1987,  con motivo del viaje oficial de los entonces reyes de España a Tailandia y Nepal.

“Nos habíamos casado hacía unos días. Esta ciudad era una de las escalas de nuestro viaje de novios. Durante uno de aquellos recorridos por la ciudad entramos en una joyería donde descubrí un hermoso zafiro, una belleza. Quise cómpralo. Pero el precio no entraba en nuestras posibilidades económicas. Los dos nos quedamos muy tristes. El, porque le hubiese gustado regalármelo. Yo, porque  me hubiera gustado haberlo podido comprar”.

Cinco años más tarde, en 1967, hicimos un viaje privado en compañía de un matrimonio.  Aunque parezca increíble yo no había olvidado aquel zafiro. Aprovechando una mañana de compras a solas con mi amiga, decidí visitar la joyería para ver si seguía teniendo el zafiro y comprarlo con mis ahorros. El joyero se acordaba. Incluso  guardaba la fotografía que nos hizo. Pero, desgraciadamente , el zafiro ya lo había vendido no hacía mucho tiempo. Me llevé un gran disgusto”.

“Aquella noche, a los postres de la cena, el príncipe  sacó del bolsillo un estuche que me entregó. Al abrirlo,  por poco me desmayo. Allí estaba el zafiro de mis sueños, el zafiro que había deseado a lo largo de cinco años”.

¿Qué había  ocurrido? , se preguntará el lector. Muy sencillo y hermoso: a lo mejor, entonces, Juan Carlos quería a Sofía. Porque había que estar enamorado para no olvidarse de aquel capricho de su mujer, el susodicho zafiro.

“Aprovechando que yo me había ido de compras, decidió hacer lo mismo, acudir a la joyería”,  continuó contándome  la reina. “Su gran sorpresa  fue ver que el  zafiro seguía allí. Y lo compró con sus ahorros. Un detalle que no he olvidado” y que, seguro,  recordará  estos día durante su visita a la tierra de Sirikit.

Ignoro si este recuerdo es enemigo de lo que ella ¿sigue amando? Hay quien dice que los recuerdos o ciertos recuerdos, son vientos que desencadenan tempestades. Pero sería una pena y mala señal que el recuerdo del gozo de aquel día de noviembre de 1987 ya no fuera gozo, mientras que el recuerdo si fuera dolor.

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