Cortesanos por un día

El pasado 12, el de la Fiesta Nacional, 1.500 españoles ¡únicos! se dispusieron  a  ser… cortesanos por un día. En el mejor sentido de la palabra. Caballeros, traje oscuro. La corbata, como el valor en el soldado español de antaño, se suponía. Menos Pedro Sánchez, el único descorbatado de la recepción. Las señoras con sus mejores vestidos. Como correspondía a una invitación de la Casa Real.

Como se trataba de un acto civil, Felipe cambio el uniforme de capitán general del Aire por un terno de paisano azul marino y corbata granate.

Y allí estaban todos los que habían recibido la invitación. Menos el pequeño Nicolás que se coló en la recepción de la proclamación y la socialité, Carmen Lomana, salsa de todos los guisos.

Lo que más me interesaba de esta fiesta palaciega, “un paréntesis ficticio a los problemas de verdad, la madre de todos los problemas”, (Lucia Méndez), eran los saludos de los invitados al Jefe del Estado y a su consorte, al Rey y a su esposa, a Felipe y a Letizia.

Porque el protocolo no dice nada al respecto. Sólo en lo referente a la vestimenta. Ni es obligado el plongeón de las señoras ni el cabezazo de los señores.

Entre estos 1.500 privilegiados, aunque algunos no lo fueran ni en sus vidas ni en el ejercicio de sus profesiones, los había de todo pelaje. Y muchos y muchas que, hasta ese momento, habían venido poniendo a caldo a la sucesora de doña Sofía. Entre estas, una dama de altísima alcurnia que gustaba de presumir que jamás se arrodillaría ante la nieta de un taxista aunque se hubiera reconvertido en reina consorte o consorte del Rey.

Por ello tuve interés en ver quiénes le hacían a Letizia la reverencia o el plongeón como dice Carlos García Calvo, experto de la cosa. Y me interesaba, no tanto la señora en cuestión sino a algunas “miembras” del Gobierno a las que admiro y estimo mucho. Entre ellas a Soraya Sáenz de Santa María y a María Dolores de Cospedal. A las dos critiqué, en su día, por verlas hacer pronunciadas reverencias tanto a Felipe como a Letizia.

Porque si mal estaba lo hiciera la Vicepresidenta del Gobierno, peor la Ministra de Defensa. Al arrodillarse ante el Jefe del Estado y señora  lo estaba haciendo todo el Ejército. Y todos los diputados si lo hubiera hecho la presidenta del Congreso, Ana Pastor.

Afortunadamente ni Soraya ni Ana Pastor “plongearon” ni ante el Rey, ni ante su consorte. Si lo hizo, una vez más, mi querida “Dulcinea”. Y  de las ministras, solo la de Agricultura, Isabel García Tejerina. Y, por supuesto, la señora que presumía de lo contrario.

Hubo momentos en los que tanto Felipe, pero sobre todo Letizia, no sonreían al  estrechar la mano del invitado. Este pudo pensar que se debía al mal humor o que uno o una no le era simpático. Más bien era que no. Simple y sencillamente porque era necesario, de tanto en tanto, relajar los músculos faciales ante la imposibilidad de mantener la sonrisa, permanentemente sin experimentar calambres.

Tampoco pude advertir si seguían los consejos de la reina más reina del mundo, Isabel II para mantenerse en pié largo tiempo sin experimentar cansancio: “Separar, ligeramente, las piernas manteniéndolas bien paralelas, asegurándose de repartir el peso del cuerpo de igual modo sobre cada pie, sin intentar apoyarse primero en uno y luego en el otro”, como hacemos todos los mortales. A lo mejor ellos no lo son.