Letizia igual que su suegra

El pasado viernes, 16, Felipe VI presidió, desde el palco real de la madrileña Plaza de Toros de las Ventas, la tradicional corrida de la Beneficencia.

Su presencia fue acogida con aplausos, no de cariño, como algunos cronistas cortesanos escribieron, que tampoco es eso, sino de agradecimiento. Por ello, ni un silbido ni un abucheo. Ni a él ni al himno. Qué diferencia de público el de las plazas de toros que el de algunos estadios. No quiero recordar aquí la malhadada final de la Copa del Rey  en el estadio Vicente Calderón.

A propósito de todo esto, recuerdo la conversación que don Juan Carlos mantuvo con el escritor José de Vilallonga para su libro “El Rey” (Plaza y Janes, 1995) por mediación de Marta Gayá, la entonces amante del soberano y gran amiga del autor. Fue un gran libro de éxito editorial aunque el general Sabino Fernández Campo, Jefe de la Casa de Su Majestad y el hombre más leal de todos los que le han servido, suprimiera varias páginas.

Entre los temas que Vilallonga abordó en sus conversaciones con don Juan Carlos fue el de las corridas de toros y la Familia Real. Pero, sobre todo, la nefasta influencia que la reina Sofía, incapaz de poner los pies en una plaza de toros como no fuera por obligaciones del cargo, tenía sobre su hijo Felipe en este terreno.

Cuando José Luis le comenta que si el entonces Príncipe de Asturias apareciera un día en la barrera de Las Ventas “como hace Vuestra Majestad, recibiría una formidable ovación del público madrileño”.

–         Ya lo sé, admitió don Juan Carlos, ¿pero qué quieres que haga? Si el Príncipe no va a menudo a las corridas, probablemente, es para no disgustar a su madre.

Lo que no se dijo entonces y vale para hoy es que a Felipe tampoco le gusta la Fiesta Nacional. Como a Letizia.

En esto, la inefable se parece a su real suegra (¡Pobre Felipe!): aborrece las corridas de toros tanto o más que doña Sofía quien, por ser una gran profesional, alguna que otra vez acompañó al Rey a una plaza de toros.

Pero, Letizia, ni aunque en ello le fuera el futuro de la Monarquía y de ella como consorte real. No solo es ecologista, agnóstica y republicana sino también anti taurina. Contadísimas son las fotografías de ella en una plaza de toros.

En esto, ninguna de las dos, suegra y nuera, se parecen a Victoria Eugenia, la reina inglesa de España, quien, como tal, aborrecía también las corridas de toros. Pero, cuando tenía que acompañar al rey Alfonso XIII, lo hacía aunque para ello tuviera que cubrir sus ojos con unas gafas totalmente ahumadas. Para no ver lo que sucedía en el ruedo. Sobre todo en la suerte de varas. No hay que olvidar que su primer juguete fue un poni. Pero allí estaba, junto a su marido, como era su obligación.

Como me recordó en la entrevista que mantuve con ella en su residencia de Lausanne, pocos días antes de su muerte, nunca había podido olvidar la primera vez que acudió a una plaza y vio con horror como un toro destripaba, nada menos, que a cuatro caballos.

Gracias a la intercesión de ella, el Ministerio de la Gobernación de entonces impuso que los caballos de los picadores fueran protegidos por los petos que llevan hoy.