De mantillas y peinetas

Solo los tontos se ríen del protocolo, olvidando que simplifica la vida, escribía José Antonio de Urbina, un ilustre diplomático que fue, entre otros muchos cargos, Jefe de Protocolo del Ministerio de Asuntos exteriores.

La pasada semana, la Primera Dama de Estados Unidos, que es tanto como decir del mundo, ha dado un buen ejemplo, durante la audiencia del Papa Francisco, no solo respetando el protocolo sino que, como católica que es, cubrió su cabeza con una mantilla negra. Cierto es que no le favorecía ni poco ni mucho ni nada. Tal como si le hubiera caído del cielo. Era tan pequeña y ridícula que no le llegaba a los  hombros y con poca gracia sobre la frente.

Por otro lado, Ivanka, la hija de Donald Trump e hijastra de Melania, con un velo de rejilla en la nuca al más puro estilo de Julia Roberts en “Novia a la fuga”.

Todo esto, posiblemente, porque no es fácil ni colocarse ni llevar una mantilla aunque lo parezca. Yo, personalmente, se lo enseñé a la emperatriz Farah, cuando se la regalé, porque ella me lo pidió, durante una visita al exilio mejicano de Cuernavaca, donde la vida del sha se extinguía aquejado de un cáncer linfático.

A propósito, recuerdo que la duquesa de Alba, Cayetana, también enseñó a la entonces princesa Sofía, en vísperas de su boda con Juan Carlos, a colocarse la mantilla.

Volviendo al tema de Farah, Ignoro si entonces ella ya intuía que los días de su esposo estaban contados. Tan pocos le quedaban, que el emperador fallecería meses después en El Cairo. Pero lo que no pensaba, a lo peor si, es que aquella mantilla española que me pidió, cuando concertamos la entrevista, iba a cubrir tanto, tantísimo dolor. Empezando por la muerte de su marido y, años después, la de dos de sus hijos.

A la mantilla pero con media peineta recurrió Juliana Awada, la Primera Dama argentina, en la audiencia que el Papa Francisco concedió a su esposo, el presidente.

Sin embargo, otra dama argentina y católica, como Máxima y además reina consorte de los Países Bajos, y que pudo haber vestido de blanco en la audiencia con el Papa, consciente de que lo es de un país protestante, como el que más, decidió vestir traje largo negro con negra mantilla y bien colocada, que es lo que le correspondía.

Como Cherie Blair, esposa del entonces Premier británico, que lo hizo en una audiencia en el 2006, vestida de blanco. Se equivocó en el protocolo pues aunque ella es católica, no era reina.

Las únicas damas que tienen ese privilegio desde que Pío VII estableció tanto el “privilege du blanc” para las soberanas como las normas de la vestimenta para las mujeres que visitan al Papa, son las reinas católicas como las de España, Sofía y Letizia; Bélgica, Paola, Matilde y en su día Fabiola;  Luxemburgo, María Teresa y Mónaco, Charlene y antes Grace.

Lo que si es obligado, tanto en las visitas oficiales como en las privadas, es cubrir la cabeza con un velo. Todas las damas suelen hacerlo. Hasta la hija de Kruschev, Rada, lo hizo cuando Juan XXIII la recibió, el 7 de abril de 1963, en compañía de su esposo. Se trataba no de una mantilla sino de un simple velo negro.

Cristina Fernández Kirchner , Primera Dama que fue de la República Argentina, acudió a ver al Papa, en marzo de 2013, de negro y cubierta la cabeza con un sombrero. Rania de Jordania , también en agosto de aquel año, iba de negro y pañuelo color marfil sobre la cabeza. Y el 3 de abril de 2014, de azul y sombrero la reina Isabel de Inglaterra, hay que recordar que es Gobernador Supremo de la Iglesia de Inglaterra.

La vestimenta de Letizia en las sucesivas audiencias con los pontífices en estos catorce años, ha pasado por una sorprendente evolución.

La primera vez, en junio de 2004, pocos días después de su  boda, y recién “convertida” , Letizia lo hizo vistiendo traje largo negro, mantilla y peineta, aunque me consta no le gusta la teja.

Así lo demostró en la primera visita al Papa Francisco , ya como consorte del rey, el 30 de junio de 2014. Como tal, se acogió al “privilege du blanc” pero con un traje de chaqueta en crepe blanco bordado en hilo de plata y cristal, de Felipe Varela. Pero sin peineta ni mantilla ni velo alguno sobre la cabeza.