Hijo de su padre sin ADN

Estos días la alta y baja sociedad española pero, sobre todo, Leoncio, Pilar y Gabriel, hijos de Leoncio González de Gregorio y de su esposa Luisa Isabel Álvarez de Toledo, duquesa de Medina Sidonia, están viviendo los momentos más desagradables de su vida.

No es para menos. Un juez ha ordenado exhumar el cuerpo de su padre, enterrado en el cementerio de Quintana Redonda, un pequeño pueblo soriano, de 500 habitantes, donde, el 23 de febrero del 2008, falleció el ex duque consorte.

Hace tres años, Rosario Bermudo, una señora ama de casa de Torrejón de Ardoz, de 66 años, interpuso una demanda para demostrar ser hija de Leoncio González de Gregorio, quien, presuntamente, se “ventiló” a su madre que trabajaba como criada en el cortijo. Como solían hacer los señoritos de entonces ó los hijos de estos señoritos porque Leoncio era menor de edad. No había cumplido 21 años. Siguiendo la costumbre, al quedarse Rosario embarazada, fue despedida y a otra cosa mariposa.

Como escribió el pasado sábado Eduardo Verbo en La Otra Crónica de El Mundo, “el dinero tiene un peso relevante en este caso” y en todos los casos donde antiguas criadas se quedaron preñadas del amo.

Si las pruebas de ADN demuestran que el ex consorte de Medina Sidonia es el padre de la demandante, el abogado interpondrá otra demanda para exigir lo que realmente pretende Rosario Bermudo: la parte correspondiente de la herencia como “hermana” de los González de Gregorio. Unos 600,000 euros, según ellos.

leandro

Esto me ha recordado a mi inolvidable Leandro Luis Alfonso Ruiz Moragas quien, el 5 de diciembre de 2002, presentó, en el Registro Civil de Madrid, un escrito en el que solicitaba “la incoación de expediente gubernativo de filiación paterna no matrimonial y se inscribiera en su acta de nacimiento ser hijo de Su Majestad don Alfonso de Borbón y Austria, con todos los derechos que le sean favorables”.

Lo de Leandro ha sido el único ó uno de los pocos a quien se le ha reconocido lo que solicitaba sin necesidad de la obligada prueba de ADN. El propio Leandro, con quien me unía una vieja amistad (fui autor del prólogo de su libro “El bastardo real”), me relató todo el dramático proceso hasta el triunfo final.

Que era hijo bastardo del rey Alfonso XIII todo el mundo lo sabía, empezando por la Familia Real española.

El Conde de Barcelona le distinguía con su afecto. Incluso le invitó a la cena de gala en el Palacio de El Pardo, con motivo de su 80 cumpleaños. Y los reyes, Juan Carlos y Sofía, así como las infantas se referían a él como “tio Leandro”.

Más que gesto de cariño, era la forma de mantener a raya al hombre que podía armar un culebrón real, capaz de avergonzar a la Familia.

Para horror de Juan Carlos, Leandro había amenazado con hacer exhumar los restos del rey Alfonso XIII que, junto a los de don Juan, permanecían en el pudridero del monasterio de El Escorial.

“No tengo intención de remover los huesos de mi padre ni los de mi hermano pero si no hay más remedio, allá ellos”, me decía.

Leandro tenía entonces 74 años y numerosas pruebas, entre ellas, todos los justificantes de pagos que había hecho Alfonso XIII desde el extranjero, a través del conde de Los Andes, para el pago del colegio de los agustinos de El Escorial, donde estudiaba el niño y demás gastos de manutención.

En el citado escrito se pedía, también, la inscripción en su partida de nacimiento que “es hijo de Su Majestad don Alfonso de Borbón y Austria, con todos los derechos que le sean favorables. Asimismo que, en el futuro, se produzcan las modificaciones en los apellidos que ahora ostenta”.

El 21 de mayo de 2003, se hacía pública una sentencia histórica en la que se reconocía que era hijo del rey Alfonso XIII, el único hijo varón vivo. Pero, el título de infante de España como hijo de rey que era, nunca le fue concedido.

Falleció el 18 de junio de 2016, a los 87 años de edad, con esa amargura y con una pensión de 500 euros.

Fue enterrado no en el panteón de Infantes de El Escorial como le hubiera correspondido sino en el cementerio de La Almudena de Madrid.

Ningún miembro de la Familia Real asistió a su funeral aunque, eso si, enviaron dos coronas de flores: una de su sobrino, el rey emérito y otra de Felipe VI. Una mano misteriosa las hizo desaparecer a las pocas horas.

Si somos coherentes con el tiempo en que vivimos, donde no existen ya ni hijos bastardos ni ilegítimos ni naturales y todos con los mismos derechos, hay que aceptar que Leandro, como hijo reconocido legalmente del rey Alfonso XIII, tenía todo el derecho a ostentar el tratamiento de infante. Por supuesto, más que Pilar y Margarita, hijas del Conde de Barcelona, el hombre que siendo hijo de rey y padre de rey nunca lo fue. Leandro, como su hermano Juan, si que lo era.

Lo que si fué ridículo, por parte de Leandro y sus herederos, es intentar acceder a la herencia del rey Alfonso XIII que ya no existe.

A lo mejor, la presunta hija de Leoncio González de Gregorio si que podría compartir con sus “hermanastros”, no la herencia de la duquesa de Medina Sidonia que no le correspondería, sino la de su presunto padre que vaya usted a saber. Lo que le reprochan sus “hermanastros” es por qué no solicitó la prueba de paternidad a su “padre” cuando este vivía y en cambio les deja el problema a los tres hijos que no tienen arte ni parte en este tema. A diferencia de mi querido Leandro que, al menos, quería se le reconociera su apellido, a Rosario Bermudo lo que le interesa es el dinero. ¡Porca miseria!