El bolso de la Reina

Esta semana, toda la prensa ha recogido una curiosa información sobre el lenguaje del bolso de la reina Isabel de Inglaterra.

La historia, desvelada por el historiador Hugo Vickers, no es nueva ni suya. La recogió como tal Bertrand Meyer, en 1991, en su libro “La Corte de Buckingham” (Javier Vergara Editor de Hachette). El señor Vickers tenía que haber tenido la honestidad de recordarlo. Obligado es.

El bolso de su Graciosa Majestad, de tan espectacular actualidad, siempre ha aparecido como una parte de la armonía cósmica de su cuerpo. El bolso puede considerársele como un miembro más de esa real figura. Como la corona cuando preside la apertura del Parlamento.

Cierto es que no es el bolso lo que importa sino el ojo que lo mira. Y si el ojo se posa sobre la soberana, el bolso siempre se encontrará en ella como parte de la verdad de su persona.

El bolso de la reina siempre ha sido “un secreto de Estado”. Lo que puede contener ese bolso, siempre de la firma Rayne, que aparece siempre colgado de su brazo derecho. Incluso cuando está en palacio ha sido objeto de permanente curiosidad.

Bertrand Meyer cuenta que un invitado a una recepción en Buckingham, se pasó todo el tiempo intentando conocer ese secreto. En un momento dado en el que la soberana abrió el bolso para sacar un pañuelo, descubrió con estupor que en el interior, aparte de ese pañuelo, solo había… galletas para sus famosos perros, los Colgi.

Un arzobispo tiene otra versión. Según la famosa y oscarizada actriz, Ellen Mirren, le contó que, encontrándose con la reina, se le abrió el bolso y parte del contenido se cayó al suelo. Su Reverendísima se agachó para recogerlo, descubriendo lo que había: dos lápices de labios, una polvera, un lapicero parker y unas gafas graduadas.

Bertrand Meryer y no Hugo Vickers, escribía en su libro “La Corte de Buckingham”, que la reina también utiliza el bolso para comunicarse con sus asistentes, sobre todo con el jefe de protocolo, durante las audiencias y las recepciones. Cuando decide librarse de algún invitado, no tiene más que cambiar el bolso de brazo para que la liberen. Y si es una audiencia o comida, lo coloca sobre la mesa. La reunión o el almuerzo ha terminado.

Tengo la satisfacción de haber coincidido varias veces con Su Majestad. Lo primero que me ha sorprendido es su estatura, la generosidad de su busto y la esplendidez de sus caderas. Las medidas físicas de la reina, solo la conocen sus modistos y Felipe Varela la de Letizia. Pero gracias al secretario privado de Isabel II, las facilitó recientemente cuando se decidió actualizar la figura de la soberana para el establecimiento de Madame Tussaud, en el museo Grevin de Londres.

Ellas son 1.60 de estatura, 91 de pecho /como muchas modelos) y 98 de cadera, con un solemne y real culo.

A propósito de estas medidas, ¿sabrá Letizia que la estatura de la reina Isabel, a la que visitara recientemente, es 6 de cm más baja que ella?

Cuando Su Majestad viaja al extranjero, siempre lleva parte de su tetera, su jarra, su té, su agua, su azúcar Barley y su almohada de plumas, también “un rosco”, donde colocar su real y espléndido culo en el sanitario de turno. Pura higiene.