De las diez mil botellas al mini azul Borbón

Esta semana en mi columna de El Mundo, escribía yo sobre las diez mil botellas de vino que hay en la bodega de La Zarzuela. Todas ellas reservas excepcionales.

A propósito de este tema, David Rocasolano, primo hermano de Letizia y su mejor amigo desde niña hasta que dejó de serlo, en su libro “Adiós princesa”, que tanto le indignó a ella, cuenta la visita que hizo a la citada bodega, acompañado por el entonces príncipe, hoy Felipe VI: “Tras visitar habitaciones y despachos, bajamos a los sótanos y Letizia abrió un portalón. Yo pensaba que, por fin, iba a conocer la biblioteca. Pero cuando se encendieron unas tenues luces, ante mí se abrió una vinoteca particular inmensa. Paseamos por el laberinto de anaqueles pisando arena de playa, paladeando el aroma noble y sobrio de roble y contemplando el fabuloso espectáculo del vino”.

“Felipe me aclaró: Es arena de playa. La traen expresamente de una del Índico porque tiene las condiciones perfectas para mantener la humedad”.

El tema era tan escandaloso que Letizia, que les acompañaba, le dijo a su primo: “Hazme un favor. Se discreto con esto de la bodega. No lo cuentes por ahí. ¿Vale?”.

David Rocasolano piensa que si le pidieron secreto, era para que no trascendiera el lujo en el que vivían. Aunque Letizia, en aquellas primeras cenas a las que asistía cuando la estaban introduciendo con calzador en la sociedad madrileña antes de su boda, siempre presumía de “en Zarzuela tenemos diez mil botellas”.

De esta fabulosa bodega se encarga, como recogíamos en El Mundo, una somelier, Eva María Alonso. Al parecer, sin cobrar por ello.

Estas botellas son fruto de regalos personales al rey Juan Carlos y, por lo tanto, propiedad de Patrimonio Nacional, que desearía subastarlas (el Rey emérito se opone) al igual que se ha hecho con los dos Ferrari de alta gama, que el jeque Mohamed bin Rashid le regaló en noviembre de 2011, cuando, en compañía de su entrañable amiga, la princesa Corina, asistió al Gran Premio de Abu Dabi de Fórmula 1.

Como hacía siempre el Rey emérito y como es obligado, los dos coches los cedió a Patrimonio para que corrieran con los gastos de mantenimiento. De la misma forma que con las diez mil botellas.

Los dos Ferrari fueron subastados por Hacienda, el 6 de noviembre de 2015, por 700,000 euros. Nadie pujó por ello con lo que la subasta quedó desierta, que se sepa.

En las cocheras de La Zarzuela hay infinidad de coches, fruto de regalos que nunca deberían haberse aceptado: un Maybach 65, cortesía de Mercedes (450,000 euros): dos Nixan 350 Z (40,000 euros cada uno); un mercedes SL 55AMG (150,000 euros); un Audi A8 que el entonces presidente de la marca, Ferdinand Piech, le regaló en 1998; y otro Audi RS6 que el presidente de Daimler, Dieter Zetsch, le regaló en 1993. También un Bentley Continental. Fue regalo de la marca con el que tuvo un pequeño accidente, sin consecuencias para el rey, aunque sí para el coche. En cuestión de horas, se llevaron el vehículo que sustituyeron por otro igual. Además, existe otra flota de coches más modesta para uso diario de la Familia Real.

Tampoco podemos olvidar la Harley Davidson que le hizo llegar el millonario americano Malcom Forbes. ¿Y del Porsche 959 que le regaló Javier de la Rosa? De él, jamás se supo y prefiero no contar la historia.

En el año 2000, el rey Juan Carlos recibió una muy agradable sorpresa, al reencontrarse, durante la visita oficial al Salón Internacional de Automóvil de Madrid, con el primer coche que había tenido y el único comprado con su dinero, 100,000 pesetas, en diciembre de 1962. “Mira, Sofi, ¡mi coche!, le dijo emocionado”. Se trataba de un Mini Morris que, en 1971, lo vendió, con solo 15,000 kilómetros, a su primo Gonzalo de Borbón y que nunca le pagó. Más tarde, el vehículo pasó por las manos del barón de Gotor y otras personas.

Se trata de una joya para un coleccionista.

PIE DE FOTO: Jaime Peñafiel posando delante del primer coche que tuvo don Juan Carlos.