La Nochebuena no tan buena en La Zarzuela

La Nochebuena en La Zarzuela se celebraba, como millones de españoles lo hacen, en familia. Hasta que los problemas de toda índole, incluidos los judiciales, alteraron por completo la cena navideña.

Fue Letizia quien, en 2014, rompió la tradición de que toda la Familia Real cenara junta esa noche.

Lejos de comer las exquisitas perdices de Orellana que, desde hacía años, recibían, la consorte decidió que esa noche la pasaría con los suyos.

Fue el año en el que la infanta Pilar organizó la cena en su casa de Puerta de Hierro. No era la primera vez que la hermana de don Juan Carlos recogía los restos del naufragio familiar abriendo su casa en Nochebuena.

Pero, el año pasado, la diáspora se llevó por delante incluso a don Juan Carlos y doña Sofía, que sí estuvieron el año anterior.

No hubo manera de saber, al menos este periodista, donde cenaron los reyes eméritos, por más que se preguntara a La Zarzuela, que no suele informar de asuntos privados. Que no lo son. No es de recibo ignorar dónde cenaron pero, sobre todo, junto a quienes compartieron la noche más 'familiar' del año, en la que las ausencias están dolorosamente presentes.

De lo que no hay la menor duda es que el palacio de La Zarzuela no será ya, nunca, escenario de las grandes nochebuenas del pasado.

Nada que ver estas con las que se vivieron no hace muchos años en ese palacio. Hasta cuarenta personas entre familias, familiares y parientes llegaban a sentarse en la mesa de los reyes.

¿Cuándo se inició la diáspora familiar? ¿Quién o quiénes han tenido la culpa? ¿Letizia? ¿Cristina e Iñaki? ¿la situación sentimental de Juan Carlos y Sofía?

Lo de Letizia puede entenderse. Prefiere cenar con los suyos, con los Ortiz Rocasolano, antes que con los Borbones, donde no es muy querida. Sucede en muchas familias.

Lo de Cristina e Iñaki es tan gordo que no se les perdona ni en Nochebuena. Suelen refugiarse junto a la madre y los hermanos de Iñaki, en la casa materna.

Pero ninguna tan dramática como la vivida en el año 2001. Jaime Marichalar, de 38 años, esposo todavía de la infanta Elena, ingresaba, el día 22 de diciembre, a las 19.30, en el hospital madrileño Gregorio Marañón, tras sufrir un ictus, cuando hacía deporte en el gimnasio al que acudía habitualmente cerca de su casa. Inmediatamente, una ambulancia le trasladó al hospital, donde llegó escoltado por varios vehículos policiales.

Sorprende que doña Sofía, a pesar de la dramática situación, decidiera celebrar la Nochebuena. Para ello, convocó a toda la familia en La Zarzuela. No hay que olvidar que el príncipe Felipe se había visto obligado a renunciar, hacía solo ocho días, porque su padre el rey Juan Carlos se lo había exigido, a su amor por Eva Sannum, cuando pensaba anunciar su boda. Por esta triste circunstancia, la reina deseaba arropar a su muy amadísimo hijito con la presencia de toda la familia. A pesar del ictus de Jaime, no quiso anular la cena de Nochebuena que resultó no ser tan buena.

Mientras la Familia Real se reunía casi al completo, la infanta Elena permanecía a solas “con el medio ser que era en aquellos momentos su hombre, demostrando la bravura callada que han tenido siempre las mujeres de los borbones”.

“Aquella Nochebuena la infanta Elena se parecía a su dolor y era la amante de Teruel en llamas, como una mujer ventenera y llorandera por el doncel de Sigüenza tras la cristalera de una UVI hospitalaria, pasando la noche más crítica del año al costado de su hombre cuando él era más sepultura que cadáver”, escribió Francisco Umbral en El Mundo.

En esas horas de la noche navideña aún no se sabía si Jaime saldría de estas y como. Podía suceder cualquier cosa. Hasta morir. Por eso, allí estaba ella, a los pies del marido ausente y presentísimo. “A esas horas de la madrugada es cuando de verdad se estaba casando con sentimiento y dolor con Jaime. Mucho más que en la trianera boda sevillana”.

El general Sabino, queridísimo e inolvidable amigo que se fue, me diría que los Borbones no se quieren entre ellos. De no ser así, la Familia Real no hubiera estado reunida en torno a la mesa navideña, como si nada pasara estando pasando tanto, mientras la Infanta velaba a su hombre, que en esos momentos se debatía entre la muerte o la muerte en vida, con una serie de flecos que le amargarían la existencia. Tuvo que aprender a respirar, a caminar y a vivir. Pero todo era imprevisible.

La Nochebuena no era tampoco tan buena. Porque cada cual tenía su sufrimiento. El de los Reyes por el dolor de la hija; el Príncipe, por ese infierno que estaba viviendo de no poder amar; porque si el amor nunca tiene razones, la falta de amor, tampoco. Y en el caso de Felipe, aquella noche, menos todavía. Posiblemente los Reyes pensaban con Shakespeare “podéis hacerme abdicar de mi gloria y de mi estado pero no de mis tristezas. Todavía soy rey de mis amarguras”.

Y el resto de los familiares invitados, sin saber cómo comportarse, como suele suceder. Porque se puede compartir el pan, el vino y la sal pero nunca el dolor. La tristeza y la desdicha humana tienen matices múltiples: nunca se encuentra el mismo matiz de dolor.

Por eso, aquella Nochebuena, tan mala en La Zarzuela, se cenó “con el rigor y la bravura callada que han tenido siempre las mujeres de los Borbones”. Aquella noche, la infanta que no abandonó el hospital en ningún momento, llegó a cubrir el cristal de la UVI de fotografías de sus hijos, para que, cuando se despertara su marido, fuera lo primero que viera.

¡Que triste que todo acabara como acabó años después!