Los hombres no lloran

No hay peor cosecha que la cosecha de las lágrimas. En España es como si, de la noche a la mañana, los hombres hubieran perdido el pudor y lloran por nada ó por mucho.

El tema de las lágrimas ha calado tanto en la opinión pública que hasta el ministro de Energía, Turismo y Agenda Digital, Álvaro Nadal, ha enviado el siguiente mensaje a los empresarios del IBEX: “Aquí se viene llorado”.

Desde Boabdil, no se había visto nada igual. El primero en llorar fue Pedro Sánchez. Sus lágrimas convirtieron la comparecencia televisiva en un patético espectáculo. Eran lágrimas para su desdicha.

Cuando aún no nos habíamos repuesto de aquella exhibición lacrimógena, esta semana las lágrimas se han convertido, de nuevo, en noticia, con motivo del cambio ministerial.

Ha habido lágrimas de tristeza, las de Jorge Fernández Díaz; otras de alegría, como las de Iñigo de la Serna. Pero, en todo caso, lágrimas que sus protagonistas no deberían haber derramado. Aunque fueran el resumen de tantas impresiones simultaneas ó tantos pensamientos contradictorios. En el primer caso, palabras que lloraban; en el segundo, lágrimas que reían. De todas formas, las lágrimas pesan siempre más que las palabras, que decía Ovidio.

Viendo la fotografía en la que aparecen en el mismo plano, Juan Ignacio Zoido, abrazado por su hijo Fernando, en la toma de posesión como ministro de Interior, mientras, a tres metros, Fernández Díaz, su antecesor, cubría el llanto con la mano sin avergonzarse de sus lágrimas. ¿Por el poder perdido? Más bien por la pérdida de confianza del amigo.

¡Ay! esa amistad de corte, fe de zorros y sociedad de lobos.

Ignoro si todos estos ministros y ex ministros tienen madre. Como mi paisano Julio Rodríguez, a quien Franco nombró ministro de Educación, dicen que por equivocación.

Cuando juró su cargo en el Palacio de El Pardo, lo primero que hizo fue llamar a su madre: “Mamá, mamá, me han nombrado ministro. Te llamo desde el coche que tiene hasta teléfono”, y se echó a llorar de emoción.

No sé si Julio estaba capacitado para el cargo. Sinceramente, pienso que no. De todas formas, no fue su madre, que pudo, sino la de otro, quien, al recibir la noticia, por boca de su hijo de haber sido nombrado ministro, le respondió: ¡Hijo, esto es una desgracia para la familia! Hasta ahora, solo nosotros sabíamos que eres tonto pero, a partir de ahora, se va a enterar todo el mundo. ¡Ay!, esas madres tan sinceras... que uno ama tanto.

Y volviendo a las lágrimas, en nuestra cultura latina se nos enseña, desde que somos pequeños, que los hombres no lloran. El llorar es, simplemente, humano. Como son los ex ministros, aunque sea el de Interior.