Las lágrimas del Boabdil Sánchez

Confucio decía que un príncipe sabio da las cosas con nombres que se merecen y cada cosa debe ser tratada según el significado del nombre que se le da. Donde dice cosas, lean rufíán.

Cuando Gabriel Rufián llenaba de descalificaciones bochornosas una apoteosis de infamias y calumnias a todo dios, tanto de la derecha como de la izquierda, tanto a Felipe González como a Susana Díaz, hubiera sido fácil solo decir: está usted haciendo honor a su nombre. Es usted un rufián.

Como dijo la bonita diputada canaria Ana Oramas, solo queda deplorar que un muchacho pudiera atesorar, a su edad, tanto odio y tanto rencor.

¿De qué vas?, le increpó Eduardo Madina, uno de los diputados más serios y valiosos del PSOE, a quien Sánchez le arrebató la posibilidad de convertirse en un buen Secretario General.

Antonio Hernando, del PSOE, le reprochó “su odio y falta de respeto contra un partido que ha vertido sangre para que tú puedas estar en el escaño diciendo eso”.

“Si Iglesias, sin lo histriónico no es nada , lo de Rufián es de Juzgado de Guardia: espeso, delirante y bestial en los insultos” (Gabriel Albiac dixit). “Un infame que hizo honor a su apellido”, según ABC.

Rufianes, esa tarde en el Congreso, hubo muchos más: como Óscar Matutes, de Bildu, con aquello de “todavía huele a cal viva”. Aplaudido fervorosamente por otros dos rufianes: Carolina Bescansa y Alberto Garzón, quienes, por el contrario, mostraron su disgusto y desaprobación cuando el PP recordó a los asesinados por ETA.

¿Y qué decir de Irene Montero, jefa de gabinete de su amante, el patético histriónico, quien, fuera de sí, se encaró, con gestos de la barriobajera que es, a José Manuel Villegas, de Ciudadanos?

Por supuesto, el más rufian de todos, Pedro Sánchez, ajustando cuentas entre lágrimas con quienes, según él, le han decapitado, cuando lo suyo ha sido un suicidio.

¿Sus lágrimas era una puesta en escena dentro del guión de Verónica Fumanal, su directora de comunicación? Mucho me temo que sí. Pero, quien tiene que estar llorando a lágrima viva, es Begoña Gómez que ya se veía en Moncloa. Al menos, allí citaba a sus amigos.

Y como Aixa, la madre de Boabdil, puede que le haya dicho a su Pedro: “Llora como mujer lo que como hombre no has sabido defender”. No fuiste bastante para cambiar ni tu destino ni el mío. Menudo ridículo hemos hecho, guapo.