Yo fui minero

El pasado viernes, en la madrileña mítica y evocadora Residencia de Estudiantes, nos reuníamos una serie de antiguos universitarios, cargados de canas cuando no calvos y arrugas, que habíamos militado, en la década de los 50 y 60, en el Servicio Universitario del Trabajo, convocados por historiadores para apoyar una investigación sobre nuestra pequeña-gran historia.

El SUT fue una aventura inolvidable. Conscientes de la ignorancia en la que vivíamos los universitarios acerca de los más trascendentales problemas sociales, el padre Llanos, el catedrático Eduardo Zorita así como otros “infiltrados” fundaron, en 1952, el Servicio Universitario del Trabajo. Quienes decidimos incorporarnos a este movimiento que “nos hizo mejores personas y, desde luego, más antifranquistas” acabamos implicándonos en las reivindicaciones sociales y políticas de los obreros que, por supuesto, eran de izquierdas.

Nombres como Manolo Vázquez Montalbán y Javier Pradera, ya fallecidos, así como Cristina Almeida, Xavier Arzallus, Juan Goytisolo, Pascual Maragall, Nicolás Sartorius, Ramón Tamames, Martínez Soler, Agustín Miravilles, Paco Fernández Marugán y otros muchos, con inquietudes políticas en plena dictadura franquista, aprovechábamos los veranos para intercambios de experiencias en dos direcciones.

La mezcla de universitarios inquietos con obreros de rabia contenida en los campos, en la mar y en las minas, era explosiva. “No era de extrañar la preocupación de quienes aplicaban la política represiva de la dictadura, como gobernadores civiles y el propio ministerio de la Gobernación”. Fue agradable ver en la reunión a Rodolfo Martín Villa, Jefe que fue del Sindicato Español Universitario (SEU) ostentando, más tarde, numerosos cargos , entre ellos el de vicepresidente y ministro.

Aunque a ustedes les cueste creer, este columnista se sumó al SUT, trabajando como minero en las Hulleras de Sabero, en León. Lo hice alternando con mis estudios de Derecho. Trabajé, durante dos años, a 700 metros de profundidad, incluso más, como ayudante de picador. Para más INRI, mi estancia en los pozos coincidió con una explosión de grisú que acabó con la vida de catorce mineros en La Ercina.

Todavía conservo una carta de mi padre, un hombre liberal pero consciente de la época que le tocaba vivir, fecha el 16 de julio de 1953, en la que me advertía: “Tienes que ser cauto con lo que digas por mucho que te afecte un mundo como el de los mineros cuyas ideas, por la dureza de su trabajo y las condiciones de su vida, no pueden ser como las de un estudiante como tú. Lógicamente, los mineros no pueden pensar de la misma manera pero procura que no te obliguen a pensar como ellos”.

“Esto no durará toda la vida, al menos la tuya, para pensar públicamente de manera diferente aunque sin llegar a los extremos que, posiblemente, piensan, con razón, muchos mineros… Desearía que regresaras enriquecido pero no envilecido. Ni humana ni políticamente hablando. Eres joven y tiempo tendrás de pensar y actuar de manera diferente a la que estamos obligados hoy, tanto tu como yo.”

Hermosa carta la de mi padre. Toda una lección de respeto a su hijo, que era yo, y a los mineros.

De lo que no hay la menor duda es que, a lo largo de mi vida, a los palacios he subido pero también no a las cabañas sino a las minas he bajado y en todos ellos, grata memoria he dejado de mi. Porque, grandes amigos tengo arriba y también grandes amigos abajo.