España, ¿un país de cobardes?

“Los cobardes del PSOE” era el título de la columna de la querida compañera Curry Valenzuela, en el ABC del pasado sábado. Yo añadiría que también del PP. Lean y entenderán tanto a ella como a mí.

Que “España tendría hoy Gobierno si el viernes algunos diputados socialistas se hubieran quedado en sus casas alegando cualquier indisposición”, como escribía la compañera, esa una verdad de Perogrullo. Pero no hubo cojones. Como tampoco que alguno o algunos “procuradores” del PP se hubieran ofrecido al “Jefe” para intentar convencer “por su cuenta” a unos pocos socialistas para que se abstuvieran. Tampoco hubo cojones. Simple y sencillamente porque España es un país de cobardes.

Esta situación de cobardía, me ha recordado la noche del 23F, cuando un guardia civil con bigotes entró en el Congreso dando tiros. Solo uno de los 350, el gran e inolvidable Adolfo Suárez, permaneció dignamente sentado en su escaño. (Lo de Gutiérrez Mellado, fue simplemente la lógica reacción de un general al ver a un subordinado enfrentándose a él con la pistola en la mano).

El resto permaneció en su totalidad no solo escondidos tras las bancadas sino tirados cuan largos eran en el suelo. Durante un tiempo, que para aquellos “valientes” debió parecer eterno, el hemiciclo tal parecía desierto.

Me sorprendió entonces y me sigue hoy, llegar a la triste conclusión de que entre 350 hombres (y alguna mujer entonces) no hubiera ya un 10%, ni un 5%, ni tan siquiera un 1% de valientes que hicieran frente a aquellos guardia civiles que les amenazaban disparando al aire sino que el tanto por ciento exacto de hombres que mantuvieron el tipo en aquellas Cortes fuera, tan solo, del 0,25%.

En este de hoy 0%. Ni un socialista de los 85 tuvo lo que hay que tener para quedarse en casa, no por dinero, como hicieron, presuntamente, aquellos del “tamayazo”, sino por vergüenza y responsabilidad para terminar con el indignante bloqueo.

Tampoco ninguno de los 137 diputados del PP. Ni tan siquiera uno con el valor, las agallas, el coraje y la inteligencia para convencer a esos socialistas que, en la intimidad, “pregonan los pasos que iban a seguir para frenar a Sánchez. Y lo hacían con frases hasta desagradables.” Según Curri, cuando al Secretario General le llegaban esas noticias “sonreía”. Bien sabía que no había cojones. Ni tampoco alguno del PP para buscar media docena de tránsfugas que haberlos, yo les juro que los hay. Con nombres y apellidos. Como dice la compañera, la discreción y la palabra dada te impide desvelarlos.

Cuando les oigo ahora quejarse, me entristece. En el pecado, la penitencia. A muchos de ellos les huele el culo a pólvora. Su paso por el Congreso será visto y no visto.

Una pegunta: ¿hay alguien en el Gobierno o en el partido que tenga, no ya valor, sino influencia con el Presidente para aconsejarle lo que tiene que hacer y, sobre todo, lo que no? ¿Ni mi Soraya? ¿Ni mi Dulcinea? ¿Ni mi viejo amigo Javier Arenas? Por supuesto, no menciono a Andrea Levy que bastante tiene la pobre con arrastrar aquel baile en la balconada de Génova, la noche de las elecciones. Pena me da hoy.